Phillip K. Dick | TELEVISIÓN EN EUROPA. UNA OJEADA AL FUTURO*
| Deutsch: Die Briefmarke des Grossdeutschen Reiches. (Photo credit: Wikipedia) |
La señora Juliana Frink había salido a la mañana temprano a hacer sus compras y caminaba ahora por la acera, llevando los dos sacos de papel, deteniéndose delante de los escaparates, y disfrutando del día luminoso y fresco. ¿No tenía que comprar algo en la cafetería? Entró. No comenzaba a trabajar en la academia de judo hasta el mediodía y le sobraba tiempo. Se sentó en un taburete junto al mostrador, dejó sus paquetes a un costado y se puso a mirar las revistas. El último número de Life, vio, traía un artículo importante titulado: TELEVISIÓN EN EUROPA. UNA OJEADA AL FUTURO. Juliana volvió las páginas, interesada, y vio la fotografía de una familia alemana que miraba televisión. El canal de Berlín, decía el artículo, transmitía ya durante cuatro horas. Un día habría estaciones de televisión en todas las principales ciudades europeas. Y en 1970 instalarían una en Nueva York. Otra fotografía mostraba cómo unos ingenieros alemanes ayudaban a unos técnicos neoyorquinos. Era fácil descubrir quiénes eran los alemanes. Hombres de aspecto saludable, limpios, enérgicos. Los norteamericanos, por su parte, eran gente, y nada más.
Uno de los técnicos alemanes señalaba algo, y los norteamericanos trataban de ver qué señalaba. Yo diría que tienen mejor vista que nosotros, decidió Juliana. Una dieta más adecuada durante estos últimos veinte años. Se dice que pueden ver cosas que nadie ve. ¿Vitamina A quizá?
¿Cómo sería eso de estar sentado en la casa de uno y ver todo el mundo en una pantallita gris? En verdad, si los nazis podían volar entre la Tierra y Marte no era difícil tampoco que consiguieran transmitir imágenes. Me parece que yo preferiría eso, se dijo Juliana, ver esos espectáculos cómicos con Bob Hope y Jimmy Durante. Ir de un lado a otro por Marte no le parecía tan atractivo. Sí, pensó mientras dejaba la revista en el estante. Los nazis no tenían sentido del humor, y la televisión no podía entusiasmarlos mucho. De cualquier modo habían matado a la mayoría de los grandes cómicos, casi todos judíos. En realidad habían matado casi todas las formas de entretenimiento. No se sabía muy bien por qué toleraban a Bob Hope. Por supuesto, Hope tenía que transmitir desde Canadá. Había un poco más de libertad allí. Pero Hope decía cosas realmente.
Como aquel chiste sobre Goering... Goering compraba la ciudad de Roma y se la llevaba a su retiro en las montañas y luego la ponía de nuevo en su sitio. Y revivía el cristianismo para que sus leones tuvieran algo que...
—¿Va a comprar esa revista, señorita? —dijo el anciano macilento que atendía el mostrador, mirándola.
Juliana dejó el ejemplar del Reader's Digest que había empezado a hojear. Caminando otra vez por la acera con sus paquetes, Juliana pensó: quizá Goering sea el nuevo Führer cuando muera Bormann. Parece distinto de los otros. Bormann subió antes porque estaba allí esperando mientras Hitler empeoraba. El viejo Goering, en cambio, se pasaba los días en su palacio de los bosques. Goering debía de haber sido Führer después de Hitler, pues su Luftwaffe había destruido los puestos de radar ingleses, y luego la RAF. Hitler hubiera preferido que bombardearan Londres, hasta no dejar una casa en pie, como en Rotterdam.
Pero Goebbels se le adelantaría seguramente, decidió. Eso era lo que decía todo el mundo. Si el espantoso Heydrich no llegaba antes. Heydrich los mataría con gusto a todos. Estaba loco de veras. El que me gusta, pensó, es von Schirach, el único que parece normal. Pero no tenía ninguna posibilidad. Dio media vuelta y subió los escalones del viejo edificio de madera. Cuando abrió la puerta del dormitorio vio que Joe Cinnadella estaba aún donde lo había dejado, en el centro de la cama, boca abajo, con los brazos colgando a los costados, durmiendo. No, pensó. No puede estar todavía aquí. El camión se ha ido. Entró en la cocina y dejó los paquetes en la mesa junto a los platos del desayuno. ¿Habrá esperado a que el camión se fuera a propósito? se preguntó. Qué hombre raro... Había estado tan activo con ella, casi toda la noche. Y, sin embargo, había sido siempre como si él no hubiese estado allí, como si todo el tiempo él hubiera estado pensando en otra cosa. Guardó lo que había comprado en el congelador, y luego se puso a limpiar la mesa del desayuno. Quizá lo había hecho tantas veces, pensó, que ya era para él como una segunda naturaleza. Se mueve como yo ahora mientras pongo estos platos y estos cubiertos en la pileta, pensó. Podría hacerlo aunque le sacaran tres cuartas partes del cerebro, como la pata de una rana en una clase de biología.
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Phillip K. Dick, El hombre en el castillo, trad. Manuel Figueroa, Minotauro, 1976, p. 40.
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Phillip K. Dick, El hombre en el castillo, trad. Manuel Figueroa, Minotauro, 1976, p. 40.

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