Peter Sloterdijk | Escuela de la arbitrariedad: Cinismo informativo, prensa*
| : Peter Sloterdijk bei einer Lesung aus seinem Buch Du mußt dein Leben ändern im ZKM Karlsruhe. (Photo credit: Wikipedia) |
Quien dice la verdad, más tarde o más temprano es cogido en ella.
Osear Wilde
A la conciencia que por doquier se hace informar todo le resulta problemático y todo le da lo mismo. Un hombre y una mujer, dos sinvergüenzas simpáticos, tres en un bote, cuatro puños para un aleluya, cinco grandes problemas de la economía mundial, se(is)xo en el trabajo, siete amenazas para la paz, ocho pecados capitales de la humanidad civilizada, nueve sinfonías con Karajan, diez negritos en el diálogo Norte/Sur... pero también podían ser los diez mandamientos con Charlton Heston. No nos lo tomamos tan en serio. No me gustaría citar los consabidos tópicos sobre el evidente cinismo de los periodistas y chicos de la prensa; y esto no sólo porque siempre son los menos aquellos que caen tan bajo, como los cámaras que apalabraron con mercenarios africanos las tomas más fotogénicas en el fusilamiento de prisioneros para llevarse a casa material cinematográfico interesante o como aquellos reporteros a los que se les plantea un conflicto de conciencia cuando en las carreras automovilísticas se les presenta el caso de tener que avisar del accidente al coche siguiente o más bien fotografiarlo cuando se estrella en el accidentado. Ociosa sería toda consideración sobre si el periodismo es un subsuelo mejor para el cinismo que los institutos de public-relations, las agencias de publicidad, los estudios de propaganda, las productoras cinematográficas, los centros de propaganda política, los entes de televisión o los estudios de fotografía de revistas para hombres. Lo que nos importa es saber por qué el cinismo precisamente pertenece con necesidad natural a los riesgos profesionales y a las deformaciones profesionales de aquellos cuyo trabajo consiste en producir imágenes e información sobre la «realidad». Hay que hablar de una doble desinhibición que afecta a la producción de imágenes e informaciones en los modernos medios de masas: de la incontinencia de la representación frente a las cosas que representan, así como del desenfreno de las corrientes de información respecto a las conciencias que las aceptan.
La primera desinhibición descansa en la sistemática explotación periodística de las catástrofes, en la que parece darse un implícito pacto de intereses entre la avidez pública de sensacionalismo y la mediación periodística del mismo. Una buena parte de nuestra prensa no se sirve de otra cosa más que del hambre de males que constituye la vitamina moral de nuestra sociedad. El valor de uso de las noticias se mide en gran parte por su capacidad de excitación, un valor que aparentemente se puede aumentar considerablemente mediante la presentación. Sin escenificación apenas puede prosperar el periodismo y, en la medida en que bajo este concepto se entendiera sólo el arte de la exposición corriente, podría valorarse positivamente como la herencia de una tradición retórica para la que nunca fue indiferente cómo se lleva una causa al hombre. Sin embargo, la escenificación del tipo cínico corriente descansa sobre una doble insinceridad: dramatiza con medios estético-literarios los innumerables grandes y pequeños acontecimientos mundiales y los traslada -sin hacer reconocible el paso- con una conciencia más o menos clara de engaño a la ficción, tanto desde el punto de vista de la forma como del contenido; y en segundo lugar, la escenificación con su estilo sensacionalista engaña al restaurar constantemente un marco de moral primitiva ya hace tiempo superado para poder representar las sensaciones como algo que se sale de este marco. Únicamente una mentalidad corrupta altamente pagada se dejará utilizar durante largo tiempo para este juego. El moderno conservadurismo primitivo tiene muchas cosas que agradecer al correspondiente periodismo primitivo que todos los días ejerce cínicamente la restauración haciendo como si todos los días tuvieran que tener su propia sensación y como si, gracias a sus informes, no hubiera surgido en nuestras cabezas hace tiempo una forma de conciencia que ha aprendido a aceptar el escándalo como forma de vida y la catástrofe como ruido de fondo. Con un fingido y sentimental moralismo se sigue constantemente erigiendo una imagen del mundo en la que semejante sensacionalismo puede ejercer sus efectos seductores y entontecedores. Mucho más problemática es, sin embargo, la segunda desinhibición de los medios de información. Éstos inundan nuestras capacidades de conciencia de una manera antropológicamente amenazadora.
Efectivamente, hay que haber abonado durante largo tiempo -quizá meses o años- la civilización de medios de una manera total y absoluta para, a la vuelta, estar de nuevo centrado y concentrado, de tal manera que la renovada distracción y desconcentración que produce la participación en los modernos medios de información se pueda observar en sí misma. Visto desde un punto de vista psicohistórico, el proceso de urbanización e informatización de nuestras conciencias en la alianza de medios supone el hecho de la modernidad que más profundamente ha incidido sobre nuestras vidas. Y solamente en semejante mundo puede desarrollarse el moderno síndrome cínico -un cinismo difusamente omnipresente— tal y como lo tenemos ante los ojos. Entretanto, consideramos normal encontrar en las revistas -casi como en un antiguo teatro del mundo todas las regiones íntimamente yuxtapuestas, informes sobre muertes masivas en el Tercer Mundo entre anuncios de vinos espumosos, reportajes sobre catástrofes ecológicas junto al salón de la más reciente producción automovilística. Nuestras cabezas están entrenadas para perspectivar una escala enciclopédicamente amplia de indiferencias, una indiferencia respecto a cada uno de los temas que no surge de sí mismo, sino de su ordenación en el río informativo de los medios. Ninguna conciencia humana sin un entrenamiento de embotamiento y elasticidad de años podrá hacerse con todo aquello que se le exige en el mero hojear una única revista de mayor formato; y sin un ejercicio intenso nadie soportará, a no ser que quiera correr el riesgo de manifestaciones de desintegración espiritual, ese constante vibrar de cosas importantes y de cosas que no lo son, ese arriba y abajo de noticias que en el momento presente nos exigen una considerable atención para, en el momento siguiente, quedar totalmente desactualizadas.
Si intentásemos hablar positivamente de la superabundancia de corrientes informativas que pasan a través de nuestra cabeza, deberíamos empezar alabando en ellas el principio del empirismo sin barreras y del libre «mercado»; incluso se podía ir tan lejos como para conceder a los modernos medios de masas una función en la que estarían íntimamente unidos a la filosofía: el empirismo ilimitado de los medios imita en cierto grado la filosofía al apropiarse de la mirada de ésta sobre la totalidad del ser, por supuesto no una totalidad en conceptos sino en episodios. Una enorme simultaneidad se tensa en nuestra conciencia informada: aquí se come, allí se muere; aquí se atormenta, allí se separa una pareja importante; aquí se habla del coche de dos plazas, allí de una sequía catastrófica que asola todo un país; aquí se dan consejos para la desgravación según el artículo 7 b, allí se habla de la teoría económica de los Chicago-boy´s, aquí son miles los que jalean en un concierto de música pop, allí es un muerto el que hace años se pudre en su vivienda sin que le descubran; aquí se conceden los premios Nobel de Química, Física y de la Paz, allí sólo uno de cada dos conoce el nombre del presidente de la República Federal; aquí se logra la separación de dos mellizos siameses, allí un tren con dos mil personas se precipita a un río; aquí nace la hija de un actor, allí las previsiones presupuestarias de un experimento político ascienden a medio millón, a dos millones (de hombres). Such is life. Todo se puede convertir en noticia: como primer plano o como fondo, lo que es importante y lo que no lo es; lo que es tendencia y lo que es sólo episodio. Todo se puede ordenar en una línea uniforme en la que la uniformidad produce igualmente indiferencia y equivalencia.
¿De dónde procede este impulso desenfrenado de información, esta búsqueda y esta necesidad de vivir diariamente en un estrépito de informaciones, ese constante bombardeo de nuestras cabezas con sumas ingentes de noticias indiferentemente importantes;, sensacionalmente insignificantes? Parece como si desde el comienzo de la Edad Moderna nuestra civilización se viera envuelta en una relación peculiarmente contradictoria con la novedad, con la «novelilla», el caso, el «acontecimiento interesante»..., algo así como si hubiera perdido el control sobre su «hambre de experiencia» y sobre su «curiosidad». Cada vez más, la Ilustración pretende transformar el universo en una quintaesencia de noticias e informaciones, y esto lo lleva a cabo con la ayuda de dos medios complementarios: el diccionario enciclopédico y el periódico. Con el diccionario, nuestra civilización emprende la tarea de abarcar y enciclopedizar todo el «ciclo mundial» y el ciclo del saber; con el periódico produce cotidianamente una cuadrícula diariamente modificada del movimiento y de la transformación de la realidad en su capacidad de acontecimiento. El diccionario abarca las constantes, el periódico las variables, y ambos se asemejan en la capacidad de transportar con un mínimo de estructuración un máximo de «información». La cultura burguesa había tenido que vivir desde siempre con este problema y vale la pena mirar, aunque sea de reojo, cómo hasta ahora ha sabido solucionar el asunto. El hombre que vive en una cultura relativamente cerrada, con un horizonte de información orgánica y una limitada curiosidad exterior, apenas tiene este problema. Otro es el caso de la cultura europea, especialmente en su época burguesa, acuñada por individuos que trabajan, que investigan, que viajan, individuos marcados por el empirismo, ávidos de experiencia y sedientos de realidad. Ellos ponen su civilización en el proceso de acumulación del saber realizado durante siglos y reorientan el curso de su curiosidad, que, sobre todo en el siglo XIX y completamente en el XX, con el triunfo de los medios de telecomunicación y electrónicos, se ha transformado en una corriente impetuosa e irresistible, que nos arrastra en mayor medida de la que nosotros la conducimos.
Todo esto parece haber empezado de una manera inofensiva, con la aparición de novelistas, narradores de novedades y artistas de la diversión que al final de la Edad Media empezaron a construir «organismos de información narrativos», de relato corto, en los que el acento de las historias moralmente ejemplares e instructivas iba recayendo cada vez más sobre lo anecdóticamente notable, lo especial, lo extraordinario, lo picante y pícaro, lo diferente y singular, lo divertido, lo terrorífico o lo que disponía a la reflexión. Quizá sea éste el más fascinante proceso de nuestra cultura: cómo en el transcurso de los siglos, semejantes «historias singulares de sucesos» se van imponiendo cada vez más frente a la historia estándar, al motivo fijo y al lugar común; cómo lo nuevo resalta frente a lo viejo y cómo las noticias del exterior trabajan en la conciencia todavía estrecha y tradicional. De ahí que en nuestra historia de la literatura y del discurso se pueda estudiar, mejor que en la del derecho, el desarrollo de la «complejidad moderna». Pues no resulta, ni mucho menos, obvio que nuestra conciencia tenga que estar en situación de recibir información sobre explosiones en la corteza exterior del sol, sobre cosechas fracasadas entre los fueguinos, sobre las costumbres de vida de los indios hopi, sobre los problemas ginecológicos de una reina escandinava, sobre la estructura sociológica de una aldea en Provenza... Desde la época del Renacimiento -que Jacob Burckhardt describió con la fórmula de «el descubrimiento del mundo y el hombre»-, las cabezas, conectadas a las redes de información (erudita, diplomática, novelística), se ven hinchadas de enormes masas de noticias, y un empirismo desenfrenado va acumulando montañas de afirmaciones, informes, teorías, descripciones, interpretaciones, simbolismos y especulaciones, hasta que finalmente, en las inteligencias más exuberantes de la época (piénsese en figuras como Paracelso, Rabelais, Cardano, Fausto), prolifera y cuece en una ambivalencia caótica.
De esta primera época de un «barroco informativo» ya no tenemos ningún recuerdo, ya que la época de la Ilustración, del racionalismo y de las «ciencias» nos ha separado de ella. Lo que hoy día llamamos Ilustración y aquello en lo que innegablemente pensamos en el racionalismo cartesiano supone desde el punto de vista de la historia de las noticias una medida sanitaria necesaria: fue la instalación de un filtro contra la inundación, aparecida ya entre los eruditos del Renacimiento tardío, de la conciencia individual con una infinidad de «noticias» semejantes, equivalentes e indiferentes de la más diversa procedencia. También aquí había surgido una situación informativa en la que la conciencia individual estaba sometida irremisiblemente a las noticias, las imágenes, los textos. El racionalismo no es sólo un talante científico, sino más bien un procedimiento higiénico de conciencia, a saber, el método de no tener ya que dejar valer todo. A partir de entonces separamos lo examinado de lo no comprobado, lo verdadero de lo falso, lo sólo oído de lo visto con los propios ojos, lo aceptado de lo pensado por sí mismo, los principios que descansan en la autoridad de la tradición de aquellos otros que se basan en la autoridad de la lógica y de la observación, etc. El efecto de descongestión es en un primer momento enorme. La memoria se desprecia mientras se fortalece la crítica, el pensamiento defensivo, selectivo, examinador. Ahora ya no hay que dejar pasar todo; al contrario, todo lo que tiene validez y «existencia científica» es, a partir de ahora, una isla minúscula de la «verdad» en medio del océano de vagas y falsas afirmaciones, llámense ídolos, prejuicios o ideologías. La verdad se constituye en un sólido, aunque pequeño, castillo en el que el pensador crítico se alberga, mientras fuera se agita la estupidez y la infinita falsamente formada y falsamente informada conciencia.
Pero sólo pasará uno, dos siglos para que en medio de este nuevo racionalismo de higiene mental extraordinariamente brillante se caiga de nuevo en la misma situación que se quería evitar. Pues tampoco la investigación ilustrada logra obviar -es más, es ella la primera que no lo consigue- el problema de producir un mundo demasiado grande que ocasiona un empirismo todavía más desenfrenado y desencadena más corrientes de noticias de las verdades y novedades. El racionalismo a este respecto no supo habérselas con sus propios productos, lo mismo que los eruditos renacentistas no supieron hacerlo con el enorme hervidero de tradiciones. A partir de ahí se puede observar un cierto proceso de atrofia intelectual en el campamento estrictamente racionalista, de tal manera que se puede tener la impresión de que la función defensiva y sanitaria del racionalismo ha ganado la partida a la función productiva, investigadora y clarificadora. Efectivamente, en muchos de los que se denominan racionalistas críticos y filósofos analíticos está más que justificada la sospecha de que ellos tal vez acentúen tanto sus métodos racionales porque hay muchas cosas que sencillamente no son capaces de seguir y forran sus faltas de comprensión de inteligentes resentimientos. Sin embargo, aquí, efectivamente, se pone de manifiesto una función desde el principio meramente negativa, filtrante y defensiva inherente al racionalismo.
Esto hoy no nos choca. Allí donde desde el siglo XVIII aparecían hombres de una capacidad de comprensión más sensible o de unas cualidades psicológicas, creativas y emocionales, allí el racionalismo les resultaba demasiado estrecho y el criticismo erudito demasiado atildado. Con el instrumental higiénico racionalista exclusivamente ellos no podían concebir toda la amplitud de experiencias humanas de formación de su época. Creo que la importancia para la historia del espíritu del arte y literatura burgueses es desde este punto como mejor se puede perspectivar. La obra de arte -tanto la abierta como la cerrada- oponía de una manera enérgica su ordenamiento estético al caos léxico de los enciclopedistas y al caos periodístico de la empiria del periódico. Aquí se erigía algo permanente frente a la cada vez más amplia corriente de indiferencias simultáneas: formulado en un lenguaje que se nos metía por los oídos y nos captaba el corazón; con acuñaciones a las que se podía volver (formación, identidad, citas: todo esto era un complejo); realizado a menudo en formas rituales, que en la corriente de todas estas modificaciones indiferentes contienen una duración altamente significativa; construido alrededor de caracteres que parecían pregnantes, coherentes y vitalmente interesantes, alrededor de acciones que amplían ante nosotros la vida dramatizada e intensificada: con todo esto el arte burgués poseía una significación descollante para la formación y el endurecimiento de la conciencia amenazada por el caos empírico creciente en la sociedad desarrollada burgués-capitalista. Solamente el arte podía todavía dar aproximativamente aquello que ni la teología ni la filosofía racionalista estaban en situación de dar: una mirada al mundo como universo y a la totalidad como cosmos.
Con el final de la época burguesa, sin embargo, se apaga incluso este ejercicio burgués, cuasi filosófico de las artes; ya en el siglo XIX el arte cae en un rodeo narcisista de sí mismo y en el camino de lo artísticista, con lo que paulatinamente palidece considerablemente su apariencia representativa. Pronto el arte dejará de aparecer como medio en el que el resto del mundo podía ser «concebido» y mostrado con una transparencia única; más bien se convertirá en un enigma entre muchos otros. Irá abandonando cada vez más su función representativa, de sucedáneo teológico y cosmológico, y al final se quedará ante la conciencia como un fenómeno que se diferencia de otras «informaciones» sobre todo por el hecho de que en ella no se sabe «lo que debe significar el conjunto, que ya no es lo transparente, que ya no actúa como medio de explicación y que sigue siendo más oscuro que el resto demasiado explicable del mundo». Sólo tras la caída de la gran función representativa en las artes estaba maduro el tiempo para la ascensión de los medios de masas a una situación dominante con referencia a la información sobre el mundo en cuanto suceso y actualidad. (No tratamos aquí del interludio que han supuesto los «filósofos de la vida» y las «grandes teorías» del siglo XIX a mitad de camino entre la religión, el arte y la conciencia de los medios de masas; véase, a título de alusión, el capítulo sobre el Gran Inquisidor en «El gabinete de los cínicos».)
Los medios de masas fueron los primeros en desarrollar una capacidad que ninguna enciclopedia racionalista, ninguna obra didáctica y ninguna filosofía vital ha conocido en semejantes proporciones: con una fuerza de concepción inconmensurable se dirigen hacia aquello con lo que la gran filosofía sólo había podido soñar: la síntesis total; por supuesto, sólo sobre el punto cero de la inteligencia en forma de una adición total. Efectivamente, ellos permiten un caótico empirismo universal, pueden informar de todo, tratar todo, registrar todo, yuxtaponer todo. Ellos son incluso más que filosofía, a saber, los herederos de la enciclopedia y del circo. Esta inagotable capacidad del «ordenamiento» de los medios de masas se basa en su estilo aditivo: sólo por el hecho de que se han asentado sobre el punto cero de la penetración reflexiva pueden dar y decir todo, y esto, de una vez. Ellos sólo tienen un único elemento ininteligible: «y». Con este «y» se puede hacer de cada vera un vecino. Y es así como surgen cadenas y vecindades por las que ningún racionalista, ningún esteta podría soñar algo: medidas de ahorro y estrenos y campeonatos del mundo de motociclismo e impuestos de prostitución y huelgas estatales..., los medios pueden dar todo porque ellos han hecho caer sin dejar rastro el orgullo de la filosofía de entender también lo dado. Ellos abarcan todo porque no comprenden nada; ellos hacen hablar a todo sin decir nada de ello.
La cocina de los medios nos sirve diariamente un puchero de realidad con muchísimos ingredientes que, sin embargo, todos los días saben lo mismo. Efectivamente, ha tenido que haber una época en la que los hombres, dado que este puchero les resultaba nuevo, no estaban todavía hartos de él y miraban fascinados la corriente de empiria. Es así como F. Thiess en 1923 podía manifestar con un pathos en parte justificado: «El periodismo es la iglesia de nuestro tiempo» (F. Thiess, Das Gesicht unserer Zeit. Briefe an Zeitgenossen, Stuttgart 1929, pág. 62). El «y» es la moral de los periodistas. En cierto modo, ellos tienen que emitir un juramento profesional de que cuando ellos informan sobre una cosa van a estar de acuerdo en que cada cosa y ese informe sean colocados mediante el «y» entre otras cosas y otros informes. Una cosa es «una cosa» y en medio no permite nada más. Establecer contextos entre «cosas» supondría ideología. Por ello, quien establece contextos es despedido. Quien piensa debe bajarse. Quien cuenta hasta tres es un fantasioso. El empirismo de los medios sólo tolera informes aislados, y este aislamiento es más efectivo que cualquier censura, ya que a menudo se preocupa de que aquello que está contextuado no aparezca coherentemente e incluso se encuentre con dificultad en la cabeza de las personas. Un periodista es alguien que por profesión se ve obligado a olvidar cómo se llama el número que viene después del uno y el dos. Quien lo sepa, posiblemente no sea un demócrata... sino un cínico. Podría merecer la pena considerar críticamente este «y». Tomado en sí mismo, ¿es ya en alguna manera «cínico»? ¿Cómo puede ser cínica una partícula lógica? Un hombre y una mujer; tenedor y cuchillo; sal 31 pimienta: ¿qué se puede objetar a ello? Intentemos otras uniones: señora y puta; ama a tu prójimo 31 mátalo; hambre canina y desayuno con caviar. Aquí el «y» parece haber caído entre opuestos que él, por la vía rápida, convierte en vecinos, de tal manera que los contrastes resultan chillones.
¿Qué puede hacer «y» al respecto? Los contrarios no son su creación; él sólo tenía el papel del copulador entre dos pares y dos semejantes. En los medios, el «y» no hace efectivamente más que yuxtaponer, crear vecindades, copular, contrastar: nada más y nada menos. El «y» tiene la capacidad de formar una serie lineal o una cadena, cuyos elementos individuales sólo se tocan en el copulador lógico; éste, a su vez, no dice nada sobre la esencia de los elementos que aparecen en una serie. En esta indiferencia de «y» frente a las cosas que él yuxtapone yace el brote de un proceso cínico. Pues mediante la mera seriación y la relación externa sintagmática entre todos produce una univocidad que no hace justicia a las cosas seriadas. Por eso, «y» no es puro «y», sino que desarrolla la tendencia a pasar a un «es igual a». A partir de este momento se puede ampliar una tendencia cínica, pues si el «y» que puede estar entre todas las cosas significa también un «es igual a», entonces todo es semejante a todo, y todo y cada cosa vale tanto como la otra. De la uniformidad de las series «y» se va introduciendo subrepticiamente una equivalencia objetiva y una indiferencia subjetiva. Por eso, cuando por la mañana salgo a la calle y mudos vendedores me gritan el periódico, me tengo que decidir prácticamente por la indiferencia favorita de ese día: ¿qué elijo, esta muerte o aquella violación, este terremoto o aquel secuestro? Cada día hay que hacer renovado uso del derecho natural a no experimentar infinidad de cosas. Los medios se preocupan de que yo tenga que hacer uso de ello, unos medios que igualmente se han preocupado de que infinidad de cosas se me acerquen y de que tenga que lanzar por un momento una mirada sobre los titulares para que una indiferencia me sea impuesta a la conciencia. Y cuando ya ha logrado una indiferencia cínica frente a aquello que me ha llegado «como noticia». Como individuo superinformado, registro que vivo en un mundo de noticias hipertrofiado y que ante la mayoría de las cosas sólo puedo encogerme de hombros, ya que mi capacidad de participación, de consternación o de reflexión es relativamente minúscula en comparación con aquello que se me ofrece y que apela a mí.
Sin notarlo nos hemos metido en un punto en el que es posible tomar lo mejor de las tradiciones marxistas para pensarlas. Quien hable de uniformidad, equivalencia e indiferencia, ya está en secreto sobre el terreno de los rendimientos del pensamiento clásico marxista, un pensamiento que se encuentra en medio de la reflexión sobre los enigmas y las relaciones de equivalencia entre bienes diferentes. ¿Tendrán que darse aquí contextos y transiciones? En su análisis de las mercancías, ¿no nos ha proporcionado Marx una descripción fulminante y, desde el punto de vista lógico, extremadamente sutil, de cómo una equivalencia produce una indiferencia que se refleja en la proporción y la relación de mercancía y precio? La mejor introducción propedéutica a El capital ¿no consistiría en que uno se sentara diariamente tantas horas ante el televisor y se obligara en el resto del tiempo a ver varios periódicos y revistas, así como a escuchar constantemente la radio? Pues, en el fondo, El capital se puede leer tan a menudo como se quiera y no se habrá entendido lo decisivo mientras no se sepa por propia experiencia y se haya absorbido en la propia estructura mental y modo de sentir que vivimos en un mundo que pone las cosas en una relación de falsa semejanza, de falsa uniformidad, de falsa equivalencia (pseudoequivalencias) entre todas y cada una de las cosas, llegando así a una desintegración espiritual y a una indiferencia en la que los hombres pierden la capacidad de diferenciar lo correcto de lo erróneo, lo importante de lo que no lo es, lo productivo y lo destructivo..., ya que están acostumbrados a tomar lo uno por lo otro. Vivir con pseudoequivalencias; pensar en pseudoequivalencias: si puedes hacerlo, ya eres un ciudadano de derecho en esta civilización cínica, y si tú eres consciente de ello, has encontrado el punto arquimédjco a partir del cual se puede levantar críticamente esta civilización 'T'Marx ha girado alrededor de este punto en sus poderosos movimientos de pensamiento de crítica económica alrededor de la desigualdad central de nuestra forma de economía -la que existe entre salario y valor laboral- desde puntos de vista cada vez nuevos.
Sin embargo, el camino más sencillo para la comprensión de El capital no lleva a través de la lectura de El capital. Nosotros no tenemos que decir, como el desgraciado Althusser, Lire le Capital, sino Lire le Stern, Lire la Bildzeitung, Lire le Spiegel, Lire Brigitte. Allí se puede estudiar más claramente y más a menudo la lógica de las pseudoequivalencias. El cinismo, en última instancia, lleva a la equivalencia moral de lo diferente, y quien no vea cinismo, cuando nuestra prensa, entre anuncios de camas, informa sobre torturas en Sudamérica, no será tampoco capaz de percibir la teoría de la plusvalía aunque la haya leído cien veces.
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*Peter Sloterdijk, Crítica a la razón cínica, trad. Miguel Ángel Vela, Siruela, Madrid, 2003 p. 451- 462.

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