Eric Hobsbawn | Los medios de masas 1
Aunque ya en 1914 existían en diversos países occidentales medios de comunicación de masas a escala moderna, su crecimiento en la era de los cataclismos fue espectacular. En los Estados Unidos, la venta de periódicos aumentó mucho más rápidamente que la población, duplicándose entre 1920 y 1950. En ese momento se vendían entre 300 y 350 periódicos por cada mil habitantes en los países «desarrollados», aunque los escandinavos y los australianos consumían todavía más periódicos y los urbanizados británicos, posiblemente porque su prensa era más de carácter nacional que local, compraban la asombrosa cifra de seiscientos ejemplares por cada mil habitantes (UN Statistical Yearbook, 1948). La prensa interesaba a las personas instruidas, aunque en los países donde la enseñanza estaba generalizada hacía lo posible por llegar a las personas menos cultas, introduciendo en los periódicos fotografías y tiras de historietas, que aún no gozaban de la admiración de los intelectuales, y utilizando un lenguaje expresivo y popular, que evitaba las palabras con demasiadas sílabas. Su influencia en la literatura no fue desdeñable. En cambio, el cine requería muy escasa instrucción y, desde la introducción del sonido a finales de los años veinte, prácticamente ninguna.
A diferencia de la prensa, que en la mayor parte del mundo interesaba sólo a una pequeña elite, el cine fue, casi desde el principio, un medio internacional de masas. El abandono del lenguaje universal del cine mudo, con sus códigos para la comunicación transcultural, favoreció probablemente la difusión internacional del inglés hablado y contribuyó a que en los años finales del siglo XX sea la lengua de comunicación universal. Porque en la era dorada de Hollywood el cine era un fenómeno esencialmente norteamericano, salvo en Japón, donde se rodaba aproximadamente el mismo número de películas que en Estados Unidos. Por lo que se refiere al resto del mundo, en vísperas de la segunda guerra mundial, Hollywood producía casi tantas películas como todas las demás industrias juntas, incluyendo la de la India, donde se producían ya unas 170 películas al año para un público tan numeroso como el de Japón y casi igual al de Estados Unidos. En 1937 se produjeron 567 películas, más de diez a la semana. La diferencia entre la capacidad hegemónica del capitalismo y la del socialismo burocratizado se aprecia en la desproporción entre esa cifra y las 41 películas que la URSS decía haber producido en 1938. Sin embargo, por razones lingüísticas obvias, un predominio tan extraordinario de una sola industria no podía durar. En cualquier caso, no sobrevivió a la desintegración del studio system, que alcanzó su máximo esplendor en ese período. Los antepasados literarios de la moderna novela policiaca negra eran mucho más plbeyos. Dashiell Hammett (1894-1961) empezó trabajando como agente en la Pinkerton y publicando sus escritos en revistas de poca categoría y, por su parte, el belga Georges Simenon (1903-1989), único escritor que dotó a la novela policiaca de una auténtica calidad literaria, fue un escritor a sueldo autodidacto. como una máquina de producir sueños en serie, pero que se hundió poco después de la segunda guerra mundial.
El tercero de los medios de comunicación de masas, la radio, era completamente nuevo. A diferencia de los otros dos, requería la propiedad privada por parte del oyente de lo que era todavía un artilugio complejo y relativamente caro, y por tanto sólo tuvo éxito en los países «desarrollados» más prósperos. En Italia, el número de receptores de radio no superó al de automóviles hasta 1931 (Isola, 1990). En vísperas de la segunda guerra mundial, eran Estados Unidos, Escandinavia, Nueva Zelanda y Gran Bretaña los países con un mayor número de aparatos de radio. Sin embargo en estos países se multiplicaban a una velocidad espectacular, e incluso los más pobres podían adquirirlos. De los nueve millones de aparatos de radio existentes en Gran Bretaña en 1939, la mitad los habían comprado personas que ganaban entre 2,5 y 4 libras esterlinas a la semana —un salario modesto—, y otros dos millones, personas con salarios aún menores (Briggs, 1961, vol. 2, p. 254). No debe sorprender que la audiencia radiofónica se duplicara en los años de la Gran Depresión, durante los cuales aumentó proporcionalmente más que en cualquier otro período. Puesto que la radio transformaba la vida de los pobres, y sobre todo la de las amas de casa pobres, como no lo había hecho hasta entonces ningún otro ingenio. Introducía el mundo en sus casas. A partir de entonces, los solitarios nunca volvieron a estar completamente solos, pues tenían a su alcance todo lo que se podía decir, cantar o expresar por medio del sonido. ¿Cabe sorprenderse de que un medio de comunicación desconocido al concluir la primera guerra mundial hubiera conquistado ya diez millones de hogares en los Estados Unidos el año de la quiebra de la bolsa, más de veintisiete millones en 1939 y más de cuarenta millones en 1950? A diferencia del cine, o incluso de la prensa popular, la radio no transformó en profundidad la forma en que los seres humanos percibían la realidad.
No creó modos nuevos de ver o de establecer relaciones entre las impresiones sensoriales y las ideas (véase La era del imperio). Era simplemente un medio, no un mensaje. Pero su capacidad de llegar simultáneamente a millones de personas, cada una de las cuales se sentía interpelada como un individuo, la convirtió en un instrumento de información de masas increíblemente poderoso y, como advirtieron inmediatamente los gobernantes y los vendedores, en un valioso medio de propaganda y publicidad. A principios del decenio de 1930, el presidente de los Estados Unidos había descubierto el valor potencial de las «charlas junto al fuego» radiofónicas, y el rey de Gran Bretaña, el del mensaje navideño (1932 y 1933, respectivamente). Durante la segunda guerra mundial, con su incesante demanda de noticias, la radio demostró su valor como instrumento político y como medio de información. El número de receptores aumentó considerablemente en todos los países de la Europa continental, excepto en los que sufrieron más gravemente los efectos de la guerra (Briggs, 1961, vol. 3, Apéndice C). En algunos casos, la cifra Se duplicó con creces. En la mayoría de los países no europeos el incremento file incluso más pronunciado. Aunque en Estados Unidos predominó desde el principio la radio comercial, la cosa fue distinta en otros países porque los gobiernos se resistían a ceder el control de un medio que podía ejercer una influencia tan profunda sobre los ciudadanos. La BBC conservó el monopolio público en Gran Bretaña. Donde se toleraban emisoras comerciales, se esperaba que éstas acatasen las directrices oficiales.
Es difícil apreciar las innovaciones de la cultura radiofónica, porque mucho de lo que introdujo —los comentarios deportivos, el boletín informativo, los programas con personajes famosos, las novelas radiofónicas o las series de cualquier tipo— se ha convertido en elemento habitual de nuestra vida cotidiana. El cambio más profundo que conllevó fue el de privatizar y estructurar la vida según un horario riguroso, que desde ese momento dominó no sólo la esfera del trabajo sino también el tiempo libre. Pero, curiosamente, este medio —y, hasta la llegada del vídeo, la televisión—, si bien estaba orientado básicamente al individuo y a la familia, creó también una dimensión pública. Por primera vez en la historia, dos desconocidos que se encontraban sabían, casi con certeza, lo que la otra persona había escuchado (y luego, lo que había visto) la noche anterior: el concurso, la comedia favorita, el discurso de Winston Churchill o el boletín de noticias.
Fue la música la manifestación artística en la que la radio influyó de forma más directa, pues eliminó las limitaciones acústicas o mecánicas para la difusión del sonido. La música, la última de las artes en escapar de la prisión corporal que confina la comunicación oral, había iniciado antes de 1914 la era de la reproducción mecánica, con el gramófono, aunque éste no estaba todavía al alcance de las masas. En el período de entreguerras, las clases populares empezaron a comprar gramófonos y discos, pero el hundimiento del mercado de los race records, esto es, de la música típica de la población pobre, durante la Depresión económica norteamericana, demuestra la fragilidad de esa expansión. Pese a la mejora de su calidad técnica a partir de 1930, el disco tenía sus limitaciones, aunque sólo fuera por su duración. Además, la variedad de la oferta dependía de las ventas. Por vez primera, la radio permitió que un número teóricamente ilimitado de oyentes escuchara música a distancia con una duración ininterrumpida de más de cinco minutos. De este modo, se convirtió en un instrumento único de divulgación de la música minoritaria (incluida la clásica) y en el medio más eficaz de promocionar la venta de discos, condición que todavía conserva. La radio no transformó la música —no influyó tanto en ella como el teatro o el cine, que pronto aprendió también a reproducir el sonido— pero la función de la música en el mundo contemporáneo, incluyendo su función de decorado sonoro de la vida cotidiana, es inconcebible sin ella.
Las fuerzas que dominaban las artes populares eran, pues, tecnológicas e industriales: la prensa, la cámara, el cine, el disco y la radio. No obstante, desde finales del siglo xix un auténtico torrente de innovación creativa autónoma había empezado a fluir en los barrios populares y del entretenimiento de algunas grandes ciudades (véase La era del imperio). No estaba ni mucho menos agotado y la revolución de los medios de comunicación difundió sus productos mucho más allá de su medio originario. En ese momento tomó forma el tango argentino, que se extendió del baile a la canción, alcanzando su máximo esplendor e influencia en los años veinte y treinta. Cuando en 1935 murió en un accidente aéreo su estrella más célebre, Carlos Gardel (1890-1935), toda Hispanoamérica lo lloró, y los discos lo convirtieron en una presencia permanente. La samba, destinada a simbolizar el Brasil como el tango la Argentina, es el fruto de la democratización del carnaval de Río en los años veinte. Sin embargo, el descubrimiento más importante, y de mayor influencia a largo plazo, en este ámbito fue el del jazz, que surgió en los Estados Unidos como resultado de la emigración de la población negra de los estados sureños a las grandes ciudades del medio oeste y del noroeste: un arte musical autónomo de artistas profesionales (principalmente negros). La influencia de algunas de estas innovaciones populares fuera de su medio originario era aún escasa. No era tampoco tan revolucionaria como llegaría a serlo en la segunda mitad del siglo, cuando —por poner un ejemplo— el lenguaje derivado directamente del blues negro norteamericano se convirtió, con el rock-and-roll, en el idioma universal de la cultura juvenil.
Sin embargo, aunque —salvo en el caso del cine— el impacto de los medios de comunicación de masas y de la creación popular no era tan intenso como llegaría a serlo en la segunda mitad del siglo (este fenómeno se analizará más adelante), ya era notable, en cantidad y en calidad, especialmente en Estados Unidos, donde empezó a adquirir una indiscutible hegemonía en este ámbito gracias a su extraordinario predominio económico, a su firme adhesión a los principios del comercio y de la democracia y, después de la Gran Depresión, a la influencia del populismo de Roosevelt. En la esfera de la cultura popular, el mundo era o norteamericano o provinciano. Con una sola excepción, ningún otro modelo nacional o regional alcanzó un predominio mundial, aunque algunos tuvieron una notable influencia regional (por ejemplo, la música egipcia dentro del mundo islámico) y aunque ocasionalmente una nota exótica pudiera integrarse en la cultura popular internacional, como los elementos caribeños y latinoamericanos de la música de baile. Esa única excepción fue el deporte. En esa rama de la cultura popular —¿quién podría negarle la calidad de arte quien haya visto al equipo brasileño en sus días de gloria?—, la influencia de los Estados Unidos se dejó sentir únicamente en la zona de influencia política de Washington. Al igual que el cricket sólo es un deporte popular en las zonas de influencia británica, el béisbol sólo se difundió allí donde los marines norteamericanos habían desembarcado alguna vez.
El deporte que adquirió preeminencia mundial fue el fútbol, como consecuencia de la presencia económica del Reino Unido, que había introducido equipos con los nombres de empresas británicas, o formados por británicos expatriados (como el Sao Paulo Athletic Club) desde el polo al ecuador. Este juego sencillo y elegante, con unas normas y una indumentaria poco complicadas, que se podía practicar en cualquier espacio más o menos llano de las medidas adecuadas, se abrió camino en el mundo por méritos propios y, con la creación del Campeonato del Mundo en 1930 (en la que venció Uruguay) pasó a ser genuinamente internacional. Aun así los deportes de masas, si bien universales, siguieron siendo muy primitivos. Sus practicantes todavía no habían sido absorbidos por la economía capitalista. Las grandes figuras seguían siendo aficionados, al igual que en el tenis (es decir, asimilados a la condición burguesa tradicional), o profesionales con un sueldo equivalente al de un obrero industrial especializado como ocurría en el fútbol británico. Para disfrutar del espectáculo todavía había que ir al estadio, pues la radio sólo podía transmitir la emoción del juego o la carrera mediante el aumento de decibelios en la voz del comentarista.
Todavía faltaban algunos años para que llegara la era de la televisión y de los deportistas con sueldos de estrellas de cine. Pero, como veremos (capítulos IX al XI), tampoco tantos años.
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*Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX, trad, Juan Fací, Jordi Ainaud, Carme Castells, Crítica, Buenos Aires, 1999, p. 200-202.


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