| Jürgen Habermas (Photo credit: Wikipedia) |
Una filosofía que no trata ya de
pasar a través del mundo de la vida y de la ciencia para hallar fundamentos
últimos o aconteceres originarios, no tiene más remedio que estar en
contacto con las ciencias: antes de criticar a las ciencias tiene que
aprender de ellas. Mientras tanto, las ciencias sociales han hecho también suya
a su manera la temática del mundo de la vida. De modo que un acceso directo a
esa «tecnificación» del mundo de la vida, de la que partió la crítica de la ciencia
que hizo Husserl, se ha vuelto más difícil para la filosofía. Recurriendo a los
ejemplos que representa nuestro trato con aparatos técnicos en la vida cotidiana y
con los riesgos que comporta la gran tecnología, trataré por lo menos de
ilustrar la aportación que dentro de las propias ciencias sociales se ha hecho
a esa temática, aportación que el filósofo debe tener en
cuenta.
En la vida cotidiana nos encontramos con
productos de la ciencia y de la técnica primariamente en la forma manual y
familiar de electrodomésticos y de otros instrumentos similares,
de aparatos de radio y televisión, de pequeñas calculadoras, etc. Además, la
luz eléctrica, la calefacción y los automóviles nos hacen recordar que a través
de nuestra vivienda, de los artículos de consumo y de las actividades de tiempo
libre estamos ligados a redes de alta tecnología y a las correspondientes
planas mayores de servicio técnico, es decir, que estamos ligados a una
infraestructura tecnológica que escapa a nuestro alcance. En estos ámbitos de
experiencia una racionalidad encarnada en esos propios aparatos técnicos choca
con la lógica específica de los mundos de la vida simbólicamente estructurados.
Pero las instrucciones para conectar el aparato y para usarlo, que vienen
preprogramadas por la estructura de ese mismo aparato, en modo alguno
intervienen sin mediaciones en las estructuras de expectativas y en las
rutinas de acción de la vida cotidiana.
Esas coerciones formales de la
técnica vienen mediadas principalmente por los medios que son el dinero y el
poder, es decir, primero por los mercados, que a través de la oferta y la
demanda regulan el diseño, fabricación y difusión del producto, así como por la
actividad organizativa de un Estado que posibilita la utilización de esos
aparatos asegurando las correspondientes infraestructuras técnicas y
gobernándolas mediante una densa red de
disposiciones jurídicas. Desde un punto de vista sociológico la tecnificación
de la vida cotidiana se presenta como una variable en el juego entre las
exigencias funcionales del sistema económico y del sistema administrativo, por
un lado, y las pretensiones del mundo de la vida orientadas por valores de uso,
por otro.
La
crítica filosófica de la técnica, que se pone de inmediato a hablar de
la razón instrumental o de una subjetividad que se somete a absoluto control
tecnológico a sí misma, pasa por alto la lógica sistémica de las mediaciones
sociales de la técnica.
Una imagen más matizada resulta
también en lo tocante a la cuestión central de si la tecnificación de la vida
cotidiana hay que entenderla más bien como una intervención desintegradora, es
decir, como colonización, o más bien como un proceso de alivio y descarga,
es decir, de apropiación asumida con voluntad y conciencia y también
creativa. Estas tendencias contrapuestas se entrecruzan. En unos casos se abren
espacios para un empleo autoconsciente de la técnica, de suerte que estilos de
vida previamente acuñados pueden afirmarse contra las coerciones que en lo que
respecta a la acción ejercen los aparatos y dispositivos técnicos. En
muchos casos, después quizá de pasar una generación, se produce una
habitualización del manejo y de los estilos de trato prescritos por las reglas
técnicas; Max Weber hablaba de «tradicionalización secundaria» precisamente en
relación con esos complejos técnicos que en la vida cotidiana no entendemos en
su estructura, pero con los que acabamos familiarizándonos. En otros casos, en cambio, esa evolución técnica
mediada sistémicamente genera una coerción o violencia objetivas en las que
efectivamente fracasan la fuerza interpretativa y el poder de definición del
mundo de la vida.
Entonces «los actores carecen ya
de posibilidades para orientar conforme a sus propios modelos culturales los
procesos sistémicos de tecnificación. A mediados del siglo xix, por ejemplo,
los ferrocarriles y los palacios de cristal destinados a exposiciones
revolucionaron las experiencias que del espacio y el tiempo
tenían los contemporáneos. De forma distinta, el trato con los ordenadores
podría hoy intervenir en la gramática profunda del trasfondo que representa el
mundo de la vida e inducir cambios en las formas paradigmáticas de ver e
incluso en los modelos de interpretación del mundo.
Quizá esta visión de la técnica,
restringida a la vida cotidiana, se atiene todavía demasiado a lo concreto. Más
abstractas son las consecuencias de la tecnología atómica y de la tecnología genética,
y de la sobrecarga que las nuevas tecnologías inducen en los equilibrios de una
naturaleza explotada industrialmente. «Abstractos» son estos peligros
tecnológicos en sentido lato, porque en muchos casos escapan a la percepción
cotidiana, sólo resultan aprehensibles mediante teorías e instrumentos de
medida y nos enteramos de ellos mediante controversias públicas. Ulrich Beck ha
hecho un impresionante análisis de este tipo de riesgos
generados por la conjunción de ciencia y técnica, externalizados por el sistema
económico y que el sistema político trata como puede de minimizar e incluso de presentar
como inofensivos.
Se
trata de riesgos de una magnitud que no es calculable, es decir, que no es
susceptible de aseguramiento alguno; la responsabilidad de ello no puede
atribuirse conforme a las reglas usuales a causas singulares o a causadores o a
agentes perfectamente identificables; no resultan bien delimitables o
definibles en términos locales, temporales y sociales. Y como pudo barruntarse
y observarse tras la catástrofe de Chernobil, tales peligros provocan más bien
miedos vagos e inespecíficos que temores concretos. A causa de su carácter
global e inahaprensible estos riesgos atacan a autoevidencias que se nos habían
convertido en carne y sangre nuestra a través de los parámetros de nuestro
entorno natural; quiebran, por así decir, seguridades que venían funcionando
desde siempre de forma inconsciente.
Pero con esa idea de
autonomización que Husserl toma de la filosofía del sujeto, es decir, con esa
idea conforme a la que la ciencia y la técnica se habrían disociado del
fundamento de sentido que para ellas representaría el mundo de
la vida, tampoco se ha ganado a su vez mucho para entender esa situación. La
filosofía, operando con una visión tan desarmada, en muy poco puede contribuir
a clarificar esos mecanismos sistémicos de la economía y la administración que
son los que regulan las intervenciones de la alta tecnología en las bases
naturales de nuestra vida, y sobre los que podemos influir políticamente siquiera
sea de forma indirecta.
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*Jurgen Habermas, Textos y contextos, trad. Manuel Jiménez Arredondo, Ariel, Barcelona 1996, p. 68-70.

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