lunes, 20 de mayo de 2013

Jürgen Habermas | La técnica de los aparatos de la vida cotidiana

Jürgen Habermas | La técnica de los aparatos de la vida cotidiana*



Deutsch: Jürgen Habermas spricht zur Krise der...
 Jürgen Habermas  (Photo credit: Wikipedia)


Una filosofía que no trata ya de pasar a través del mundo de la vida y de la ciencia para hallar fundamentos últimos o aconteceres originarios, no tiene más remedio que estar en contacto con las ciencias: antes de criticar a las ciencias tiene que aprender de ellas. Mientras tanto, las ciencias sociales han hecho también suya a su manera la temática del mundo de la vida. De modo que un acceso directo a esa «tecnificación» del mundo de la vida, de la que partió la crítica de la ciencia que hizo Husserl, se ha vuelto más difícil para la filosofía. Recurriendo a los ejemplos que representa nuestro trato con aparatos técnicos en la vida cotidiana y con los riesgos que comporta la gran tecnología, trataré por lo menos de ilustrar la aportación que dentro de las propias ciencias sociales se ha hecho a esa temática, aportación que el filósofo debe tener en cuenta.

En la vida cotidiana nos encontramos con productos de la ciencia y de la técnica primariamente en la forma manual y familiar de electrodomésticos y de otros instrumentos similares, de aparatos de radio y televisión, de pequeñas calculadoras, etc. Además, la luz eléctrica, la calefacción y los automóviles nos hacen recordar que a través de nuestra vivienda, de los artículos de consumo y de las actividades de tiempo libre estamos ligados a redes de alta tecnología y a las correspondientes planas mayores de servicio técnico, es decir, que estamos ligados a una infraestructura tecnológica que escapa a nuestro alcance. En estos ámbitos de experiencia una racionalidad encarnada en esos propios aparatos técnicos choca con la lógica específica de los mundos de la vida simbólicamente estructurados. Pero las instrucciones para conectar el aparato y para usarlo, que vienen preprogramadas por la estructura de ese mismo aparato, en modo alguno intervienen sin mediaciones en las estructuras de expectativas y en las rutinas de acción de la vida cotidiana.

Esas coerciones formales de la técnica vienen mediadas principalmente por los medios que son el dinero y el poder, es decir, primero por los mercados, que a través de la oferta y la demanda regulan el diseño, fabricación y difusión del producto, así como por la actividad organizativa de un Estado que posibilita la utilización de esos aparatos asegurando las correspondientes infraestructuras técnicas y gobernándolas mediante una densa red de disposiciones jurídicas. Desde un punto de vista sociológico la tecnificación de la vida cotidiana se presenta como una variable en el juego entre las exigencias funcionales del sistema económico y del sistema administrativo, por un lado, y las pretensiones del mundo de la vida orientadas por valores de uso, por otro. La crítica filosófica de la técnica, que se pone de inmediato a hablar de la razón instrumental o de una subjetividad que se somete a absoluto control tecnológico a sí misma, pasa por alto la lógica sistémica de las mediaciones sociales de la técnica.

Una imagen más matizada resulta también en lo tocante a la cuestión central de si la tecnificación de la vida cotidiana hay que entenderla más bien como una intervención desintegradora, es decir, como colonización, o más bien como un proceso de alivio y descarga, es decir, de apropiación asumida con voluntad y conciencia y también creativa. Estas tendencias contrapuestas se entrecruzan. En unos casos se abren espacios para un empleo autoconsciente de la técnica, de suerte que estilos de vida previamente acuñados pueden afirmarse contra las coerciones que en lo que respecta a la acción ejercen los aparatos y dispositivos técnicos. En muchos casos, después quizá de pasar una generación, se produce una habitualización del manejo y de los estilos de trato prescritos por las reglas técnicas; Max Weber hablaba de «tradicionalización secundaria» precisamente en relación con esos complejos técnicos que en la vida cotidiana no entendemos en su estructura, pero con los que acabamos familiarizándonos. En otros casos, en cambio, esa evolución técnica mediada sistémicamente genera una coerción o violencia objetivas en las que efectivamente fracasan la fuerza interpretativa y el poder de definición del mundo de la vida.

Entonces «los actores carecen ya de posibilidades para orientar conforme a sus propios modelos culturales los procesos sistémicos de tecnificación. A mediados del siglo xix, por ejemplo, los ferrocarriles y los palacios de cristal destinados a exposiciones revolucionaron las experiencias que del espacio y el tiempo tenían los contemporáneos. De forma distinta, el trato con los ordenadores podría hoy intervenir en la gramática profunda del trasfondo que representa el mundo de la vida e inducir cambios en las formas paradigmáticas de ver e incluso en los modelos de interpretación del mundo.

Quizá esta visión de la técnica, restringida a la vida cotidiana, se atiene todavía demasiado a lo concreto. Más abstractas son las consecuencias de la tecnología atómica y de la tecnología genética, y de la sobrecarga que las nuevas tecnologías inducen en los equilibrios de una naturaleza explotada industrialmente. «Abstractos» son estos peligros tecnológicos en sentido lato, porque en muchos casos escapan a la percepción cotidiana, sólo resultan aprehensibles mediante teorías e instrumentos de medida y nos enteramos de ellos mediante controversias públicas. Ulrich Beck ha hecho un impresionante análisis de este tipo de riesgos generados por la conjunción de ciencia y técnica, externalizados por el sistema económico y que el sistema político trata como puede de minimizar e incluso de presentar como inofensivos. Se trata de riesgos de una magnitud que no es calculable, es decir, que no es susceptible de aseguramiento alguno; la responsabilidad de ello no puede atribuirse conforme a las reglas usuales a causas singulares o a causadores o a agentes perfectamente identificables; no resultan bien delimitables o definibles en términos locales, temporales y sociales. Y como pudo barruntarse y observarse tras la catástrofe de Chernobil, tales peligros provocan más bien miedos vagos e inespecíficos que temores concretos. A causa de su carácter global e inahaprensible estos riesgos atacan a autoevidencias que se nos habían convertido en carne y sangre nuestra a través de los parámetros de nuestro entorno natural; quiebran, por así decir, seguridades que venían funcionando desde siempre de forma inconsciente.

Pero con esa idea de autonomización que Husserl toma de la filosofía del sujeto, es decir, con esa idea conforme a la que la ciencia y la técnica se habrían disociado del fundamento de sentido que para ellas representaría el mundo de la vida, tampoco se ha ganado a su vez mucho para entender esa situación. La filosofía, operando con una visión tan desarmada, en muy poco puede contribuir a clarificar esos mecanismos sistémicos de la economía y la administración que son los que regulan las intervenciones de la alta tecnología en las bases naturales de nuestra vida, y sobre los que podemos influir políticamente siquiera sea de forma indirecta.
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*Jurgen Habermas, Textos y contextos, trad. Manuel Jiménez Arredondo, Ariel, Barcelona 1996, p. 68-70.



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