| Michel_Houellebecq (Photo credit: La Pollera) |
A partir de este incidente compuse un pequeño número contando una sangrienta revuelta en un club de vacaciones, desencadenada por detalles mínimos que contradecían la formula all inclusive: escasez de salchichas en el desayuno, seguida por el pago de un suplemento por el minigolf. Esa misma noche presenté el número en la velada ¡Qué talento! (una noche por semana el espectáculo se componía de números propuestos por los veraneantes, que sustituían a los animadores profesionales); yo interpretaba todos los personajes a la vez, haciendo mis primeros pinitos en el camino one man show que ya no iba a abandonar prácticamente nunca a lo largo de toda mi carrera. Casi todo el mundo asistí a al espectáculo después de la cena, no había mucho con lo que entretenerse antes de que abrieran la discoteca; y con eso ya tenía un público de ochocientas personas. Mi intervención tuvo muchísimo éxito, a algunos se les saltaban las lágrimas de risa y hubo un nutrido aplauso. Un poco más tarde, en la discoteca, una guapa morena llamada Sylvie me dijo que le había hecho reír mucho y que le gustaban los chicos con sentido del humor. Querida Sylvie. Así perdí mi virginidad y se decidió mi vocación.
Tras el bachillerato, me matricule en una escuela de teatro; siguieron años poco gloriosos en los que me volví cada vez más desagradable, y por lo tanto cada vez más cáustico; en estas condiciones, acabó llegando el éxito; y tan resonante que hasta yo me quedé sorprendido. Había empezado con números breves sobre las familias reconstituidas, los periodistas de Le Monde, la mediocridad de las clases medias en general. Me salían muy bien las tentaciones incestuosas de los intelectuales maduros frente a sus hijas o nueras, con el ombligo al aire y el tanga asomando del pantalón. En resumen, yo era un agudo observador de la realidad contemporánea; me solían comparar con Pierre Desproges. Sin dejar de consagrarme al one man show, a veces aceptaba invitaciones a programas de televisión que elegía por su gran audiencia y su mediocridad general. Nunca olvidaba subrayan, aunque con sutileza, esa mediocridad: el presentador tenía que sentirse un poco en peligro, pero no demasiado. En suma, yo era un buen profesional; sólo estaba una pizca sobrevalorado. Tampoco era el único.
No quiero decir que mis números no fueran divertidos; divertidos sí que eran. Ciertamente, yo era un agudo observador de la realidad contemporánea; lo que pasa es que me parecía tan elemental, pensaba que en la realidad contemporánea quedaba tan poco que observar: habíamos simplificado tanto, aligerado tanto, roto tantas barreras, destrozado tantos tabúes, tantas esperanzas equivocadas, tantas aspiraciones falsas; realmente quedaba tan poco... Desde el punto de vista social estaban los ricos y estaban los pobres y había unas cuántas y frágiles pasarelas; el ascensor social, tema sobre el que era obligado ironizar; la posibilidad, más seria, de arruinarse. Desde el punto de vista sexual estaban los que despertaban el deseo y los que no lo despertaban: un mecanismo exiguo con algunas complicaciones de modalidad (la homosexualidad, etcétera), en cualquier caso fácil de resumir en la vanidad y la competencia narcisista que los moralistas franceses ya habían descrito con tanto tino tres siglos antes. Claro, además estaban las buenas personas, las que trabajan, las que se encargan de la producción efectiva de las mercancías,las que para colmo -de manera un poco cómica, o, si lo prefieren, patética (pero yo era, ante todo, un cómico)- se sacrificaban por sus hijos; las que no tienen belleza en ningún momento; las que sin embargo suscriben de todo corazón -incluso los primeros, con más sinceridad que nadie- los valores de la belleza, la juventud, la riqueza, la ambición y el sexo; las que, por decirlo de algún modo, sirven para ligar la salsa. La gente así, lamento decirlo, ni siquiera es un tema. A veces metía a algunas buenas personas en los números para darles diversidad, realismo; la verdad es que estaba empezando a hastiarme seriamente. Lo peor es que me consideraban humanista, un humanista chirriante, de acuerdo, pero humanista. Para que nos situemos, ahí va uno de los chistes que salpicaban mis espectáculos:
- ¿Sabes cómo se llama la parte carnosa que rodea la vagina?
- No.
- Mujer.
Lo raro es que conseguía colocar este tipo de cosas sin dejar de tener buenas críticas en Elle y Télérama; cierto que la llegada a los escenarios franceses de los cómicos moros de segunda generación había revalidado los derrapes machistas, y yo derrapaba con gracia; flexión, clavar cantos, extensión, todo es cuestión de control. A fin de cuentas, la mayor ventaja del oficio del humorista, y más generalmente de la actitud humorística en la vida, es poder portarse como un cabrón con toda impunidad, e incluso rentabilizar cómodamente la abyección, tanto en éxito sexual como económico, todo ello con la aprobación general.
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*Michell Houellebecq, La posibilidad de una isla, trad. Encarna Castejón, Alfaguara, México, 2006, p. 20-22.

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