Diálogo, dioses y el mantenimiento de los antiguos nombres |
Hans Blumemberg*
El acto de dar nombres es algo cuya explicación se les escabulle, en gran medida, a las grandes alternativas teóricas. El intento de entenderlo nos hace vacilar entre lo originario de aquellos «dioses dei momento» supuestos por Hermann Usener y la posterior construcción de generalización de la nominación alegórica. Es el dilema que plantea Sócrates en su conversación con Filebo, en el Diálogo del mismo nombre. Filebo ha hecho una diosa de hêdonê, dándole el nombre del concepto de placer, un placer que todo lo domina y que escapa a cualquier discusión que se sostenga sobre su derecho a la existencia. Sócrates insiste que incluso esa diosa tiene que seguir llevando su antiguo y cultual nombre, el nombre de Afrodita. No sólo resulta irónico que el Sócrates que, muy pronto, será acusado y condenado por su rechazo de los dioses del Estado se oponga aquí a la apoteosis de un concepto filosófico abstracto, sino que también Platón tuvo que referirse con ironía a la circunstancia de que aquel hombre que recurría a su daimónion como a una última instancia no necesitada ya de justificación le negase a su adversario ese mismo privilegio de introducir un «nuevo dios» como instancia horra de justificación. Y es justamente a una divinidad omnipotente del placer, merecedora de la insignia filosófica, a la que Sócrates rechaza, en favor de una Afrodita vinculada por el mito al reparto de poderes del Olimpo y tenida en cuenta, en el culto de la ciudad, sólo aliado de otras deidades.
Con esa mítica figura de complexión olímpica se corresponde, en el Filebo, la metáfora existencial de la mixtura de la vida. El mantenimiento del viejo nombre no constituye más que el primer plano de esa resistencia a aceptar unos atributos con cuantificadores universales en los dioses filosóficos y su monocracia. El rechazo de Filebo es de más calado que e! de otros adversarios de Sócrates: deja de dialogar.
No es precisamente la circunstancia de que el mito tenga que ver con los orígenes lo que le da, a los ojos de! observador posterior, la aureola de sagrado; la quintaesencia de lo que una «mitología» tiene aún que ofrecer consistiría en el hecho de que e! mito se ha desprendido ya una vez de aquellos orígenes, de que es capaz de indicar, y presentarla de una forma comprensible, la distancia que de ellos le separan. En eso estriba lo aportado por una estabilización, indiscutida, de los nombres. Resulta exagerado designado, en general, con la expresión «legitimidad»: se trata de una cualidad, más bien trivial-una «premodalidad»-, de la obviedad de la nominación en el mundo de la vida.
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*Irrupción del nombre en el caos de lo innominado, Trabajo sobre el mito

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