Fátima Fernández Christlieb |
México 1983 |Panorama de los medios
informativos al inicio de la reforma política*
Para 1977, cuando se anuncia la
reforma política, la estructura general de los medios de difusión masiva no
permite la expresión de las distintas corrientes ideológicas existentes en el
país. Los únicos emisores de mensajes informativos se encuentran en la
burocracia política o en los grupos empresariales. Resultaba contradictorio con
este marco plantear la participación política de nuevos grupos sin la
existencia de canales de expresión. De aquí que se anunciaran modificaciones en
el ámbito de la difusión masiva que en el terreno de los medios escritos se
facilitara el establecimiento de una cooperativa con las características de unomásuno.
Este nuevo diario, surgido en el
mismo año en que se comienza a instrumentar la reforma política, cobra fuerza
por tres razones: la primera, porque su director, periodista muy experimentado,
demostró que un requerimiento para abrirse campo entre la decena de periódicos
diarios editados en la capital, estribaba en romper con la uniformidad
prevaleciente en la prensa nacional; esto lo logra primeramente modificando
formato y distribución de noticias y estimulando una nueva generación de
periodistas y cronistas al tiempo que prescinde en lo posible de los boletines
oficiales. La segunda razón de la aceptación del público lector fue su vinculación
con el antiguo Excélsior (cuyo espacio vino a cubrir), la inequívoca postura
liberal y la solidaridad con los movimientos democráticos. Y la tercera razón
por la que cobró fuerza fue la necesidad de contar con canales institucionales
de expresión para la disidencia.
Al año siguiente de la aparición
de este diario y como acto de gobierno que contradice los postulados del
derecho a la información, se distribuye en las dependencias oficiales un
documento titulado “Lineamientos de la Comunicación Social”, cuyo objetivo es
exigir uniformidad en la información gubernamental. Se alude a problemas de incoherencia y falta
de sistematización, a la vez que se solicita la difusión de una imagen única de
gobierno. Con ello se evidencia el desgaste de los mecanismos de control
informativo y la carencia de interés en instrumentar el derecho a una
información veraz.
El sexenio de López Portillo se
inicia con marcadas perspectivas de cambio en cuanto a la radio y la
televisión: el Plan Básico de Gobierno promete una revisión a fondo de la
función social de la información con miras a garantizar la expresión de los
distintos sectores de la sociedad; el artículo sexto de la Constitución,
referente a la libertad de expresión, se modifica para que el Estado garantice
el derecho a la información; la reforma administrativa anuncia el fin de la
multiplicidad de organismos con duplicidad de funciones para centralizar en una
sola secretaría lo relativo a los medios electrónicos; la Comisión Federal
Electoral invita a los ciudadanos a opinar sobre el contenido de la ley que
reglamentará el derecho a la información.
Con estos antecedentes parece
anunciarse la instrumentación de un proyecto gubernamental tendiente a
contrarrestar sustancialmente la programación mercantil y anticultural del
capital financiero que monopoliza las concesiones de radio y televisión.
Parecía que efectivamente los medios de difusión masiva estaban insertos en una
reforma política que pugnaría por una pluralidad de emisores.
La oposición a este proyecto
gubernamental, tanto por parte de un sector retardatario de la misma burocracia
política como de los empresarios de los medios informativos, detiene las
reformas anunciadas.
En lugar del proyecto delineado
en los documentos mencionados, el Estado comienza a desarrollar una política de
difusión masiva caótica y contradictoria, que manifiesta la división existente
dentro del grupo gobernante.
En los primeros tres años del
sexenio 1979-1982 es notorio que no hay consenso sobre la directriz que debe
seguir la televisión estatal: en este
lapso el canal 13 cambia de dirección en cinco ocasiones.
Tampoco hay definición en lo
relacionado con la política general de difusión masiva, prueba de ello es que
la reforma administrativa se realiza sólo en el papel: tras centralizarse lo
relativo a medios masivos en la Secretaría encargada de la política interna
–y no en la de Educación Pública si los
medios fuesen considerados como de educación informal y no como medios de
control político- se vuelve a dar vida a los organismos que antiguamente tenían
ingerencia en los medios. En un principio se le otorga a la Secretaría de
Programación y Presupuesto el papel de
cabeza de estas dependencias y organismos, a través del Consejo Nacional de
Comunicación Social. Posteriormente, para fines de 1978, será la Secretaría de
Gobernación la que convoque a reuniones para definir e instrumentar la política
informativa del régimen.
En contraposición al caos
informativo que reina dentro del gobierno, se levanta más definida y sólida que
nunca la política informativa del capital monopólico internacional. Con una
definición de objetivos y una organización cada vez más precias continúa
diseñando las pautas culturales e informativas que son difundidas no sólo a lo
largo y a lo ancho del territorio nacional sino entre los grupos de habla
hispana residentes en los Estados Unidos.
Ante la situación que priva en
los medios de difusión masiva, la oposición ha guardado silencio. Parte de la
izquierda emite, esporádicamente, críticas apocalípticas sin aporte alguno.
ALTERNTIVA ESTATAL ANTE LA PRESIÓN EMPRESARIAL
La historia de la radiodifusión
mexicana es la historia del arraigo del capital monopólico en los vehículos
ideológicos más importantes de la sociedad de masas. Reformar este rumbo
histórico con miras a modernizar el actual sistema político fue el objetivo de
la fracción progresiva que propuso modificar el artículo sexto constitucional.
El proyecto de dicha fracción se delineó con claridad en el Plan Básico de Gobierno 1976-1982 y se comenzó a
instrumentar al garantizar en la Constitución el derecho a la información. El
siguiente paso es la elaboración de una ley que lo reglamente. Sus lineamientos generales fueron expuestos
por el secretario de Gobernación y coinciden con el Plan Básico. Para su
enriquecimiento, se convocó a la ciudadanía para que públicamente expresara sus opiniones ante la Comisión Federal Electoral.
La oposición a este proceso ya
iniciado se manifestó en la prensa de derecha y en la televisión privada
durante las primeras semanas de 1979. A ello siguió una nueva presión
empresarial similar a las que se dieron en 1960, en 1969 y en 1973, casos que
mencionamos en su oportunidad. La actual presión ha detenido el avance de las
reformas que comenzaron con la modificación constitucional. Los medios de difusión masiva son un
escenario más que corrobora la abierta actuación del capital monopólico
internacional en nuestro país.
La fracción gubernamental que
elaboró el proyecto tendiente a que el Estado mexicano asumiera un papel rector
en los medios informativos, recreativos y educacionales, no sólo busca el
control de éstos por ser portadores de pautas culturales sino porque los medios
de difusión masiva resultan hoy indispensables para el ejercicio del poder
político y para le legitimación social de todo Estado.
Si bien es ésta la finalidad que
los ideólogos de la reforma política buscan para los medios de difusión, no son
de ninguna manera despreciables las propuestas para la política informativa
nacional contenidas en el Plan Básico de Gobierno, en el sentido de respetar el
pluralismo ideológico, dándole canales de expresión a partidos políticos,
sindicatos, asociaciones de científicos,
profesionales, artistas y agrupaciones sociales.
De instrumentarse esta propuesta,
la clase obrera tendría acceso permanente
a la radio y la televisión, para configurar sus propios mensajes
transmitiéndolos a través de los canales y tiempos gubernamentales. Esto, es el
marco del monopolio informativo, sería una avance considerable, pues abriría
fisuras en el mensaje de la clase dominante que en estos momentos de difunde
como mensaje único.
Podríamos plantear numerosas
proposiciones para democratizar los medios de difusión masiva, pero en estos
momentos en que se está quedando desplazado un proyecto gubernamental que
facilita la expresión de todos los sectores sociales, lo menos que puede
proponérsele a un Estado que se precie
de ser aún el depositario del poder político es que instrumente su propio Plan de Gobierno.
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*Fátima Fernández Christlieb,
“Panorama de los medios informativos al inicio de la Reforma política” en México, hoy, Pablo González Casanova y
Enrique Florescano (coords.), Siglo XXI, México, 1983, p. 343-347.

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