martes, 21 de mayo de 2013

Juan Aurelio Fernández Meza | Ingenieros, gobierno y capital privado

Juan Aurelio Fernández Meza | Ingenieros, gobierno y capital privado*



Guillermo González Camara es aquel dedicado ingeniero que los orgullosos nacionalistas mexicanos presumen como quien inventó la televisión a color. En efecto, desde temprana edad se dedicó a la electróncia, llegando pronto a interesarse por la TV –proyecto de su carreta. A lo largo de ésta supo acercarse a quienes tenían las herramientas para desarrollar ese medio en el país, asociándose así en un momento con Gobernación, de donde sacaría excelentes resultados y favores, para después encontrar cabida en las grandes arcas de los capitales privados que poseían la mediática nacional, específicamente los Azcárraga.

El jueves 25 de marzo de 1948, Camarena declaró al Excélsior que “(…) la inversión en sus experimentos [había] sido incalculable  Se debe a don Emilio Azcárraga el apoyo económico recibido (…)”. Además, recordemos que la XEW había promocionado la exposición de la televisión ese día con anuncios en varios de los periódicos de la ciudad, por que lo que la asociación entre el ingeniero  y el empresario huelga ser subrayada.

Azcárraga Vidaurreta es el abuelo del linaje, hasta ahora integrado por tres Emilios, de la televisión mexicana. Su suegro fue quien se interesó, a partir de los estragos que la Revolución de 1919 causara a su Milmo National Bank of Laredo, por la incipiente industria radiofónica, en la cual Azcárraga Vidaurreta ingresaría hacia los años veinte, para posteriormente fundar la XEW y la XEQ.

La visión empresarial de la radio en esos años, dominada pro la corporación Azcárraga, es un eminente reflejo del lugar donde nace la televisión y la forma que ésta adquiriría a partir de su carácter comercial. La política estatal en la década de los cuarenta, y al menos hasta el término del sexenio alemanista, se caracterizó por el abandono de cualquier intento de control efectivo sobre la radiofonía, dándose un incremento en los apoyos económicos a la misma en su sector privado. Esto implicó que estos radiodifusores obtuviesen un importante espacio de intervención estatal, por lo menos en cuanto a medios se refiere. Paralelamente, las innovaciones en la tecnología mejoraron las condiciones de las empresas y sus ganancias subieron. Los marcos legales en materia de esa década fueron destinados a beneficiar a esas corporaciones.
Su intervención política llegó a tal profundidad que hubo un momento en el cual el gobierno terminó por subordinarse a ellos con tal de ser beneficiados con un poco de espacio radiofónico para poder anunciarse. La sociedad establecida entre las estaciones de Azcárraga y empresas estadounidenses, como la NBC y la CBS, permitieron que el empresario comenzara a incorporar en su emporio pequeñas radiodifusoras alrededor del país carentes de los beneficios brindados por las grandes trasnacionales en momentos de crisis posbélica. Sin embargo, la inicial dependencia de México a las compañías extranjeras se disolvería cuando el grupo Azcárraga consiguiera involucrar a las naciones latinoamericanas en sus lógicas político-comerciales.

El gran proyecto que revela no sólo la trascendencia de fronteras del poder de Azcárraga sino el discurso desde el cual se estructura la mediática en el país durante la segunda mitad del siglo XX es la Asociación Interamericana de Radiodifusión (AIR). Ésta comenzó a configurarse en 1944 durante los encuentros internacionales de empresarios de los medios, pero se consolido hasta 1946 con  el I Congreso Interamericano de Radiodifusores, celebrado en México bajo el auspicio de Ávila Camacho. Su intención era agrupar en la misma operacionalidad todas las emisoras latinoamericanas siguiendo el esquema de Estados Unidos, lo cual permitiría una mayor interacción internacional que facilitaría apoyos e intercambios benéficos para la mayoría, aunque en realidad mejor le iría a quien más produjese, en este caso México, sede del Cómite Permanente de la AIR. Sus pretensiones iban tan lejos que pensaban ser reconocidos por organismos internacionales de grandes influencias políticas, como la UNESCO, la ONU, la UIT y la Unión Panamericana (antecesora de la OEA).

El planteamiento central de la AIR, que, como se ha dicho, es en sí el discurso empresarial de los medios en esos años y la base de lo que le siguió, se ordena mediante un conjunto de conceptos empleados desde mucho tiempo atrás en la historia mexicana, y probablemente en el mundo, para validar prácticas específicas al interior de nuestras sociedades. Tres de esas categorías son democracia, libertad de expresión y cultura; los vemos entretejidos en las conocidas 12 Bases de la AIR, lista de puntos lograda en Buenos Aires en julio del 48, aunque elaborada en su esqueleto desde el Primer Congreso de octubre de 1946. “Según la AIR, la radiodifusión debía ser entendida como una ‘actividad privada´(…)”, cuyos interés se centraba en la solidificación de la democracia y la “elevación cultural” de los pueblos. El carácter de interés público y su indispensable libertad requerían, según la argumentación de los empresarios, de la no intervención estatal; el papel del gobierno habría de limitarse a evitar o sancionar la interferencia de las transmisiones –labor que le sería asignada al Poder Judicial-, comprobar casos de abuso de la libertad de expresión –mismos que no correrían a cargo de la emisora a menos que fuese personal permanente de ésta el que cometiera el exceso- y verificar la efectiva utilización de las frecuencias concesionadas. Además de estas restricciones, el Estado sólo debería utilizar estos canales en caso de informes oficiales, restablecimiento del orden durante emergencia o para dirigirse a la nación. De la misma forma, las concesiones de transmisión tenían que ser otorgadas por gobernación sin fecha de expiración y las empresas que de ellas se beneficiasen podrían gozar de la condonación de impuestos en la tenencia, importación y reparación de tecnología radiodifusora. Las emisoras que el Estado pudiese tener no serían facultadas con el derecho de transmitir anuncios comerciales que compitieran con las estaciones privadas.

A grandes rasgos, estas pautas modelan la política que los empresarios privados enarbolarían, tristemente aceptada por el gobierno mexicano. Con algunas excepciones y conflictos de por medio, fue una forma de operar a partir de la cual se consiguió agrandar el poder empresarial en el continente, beneficiando así al capital estadounidense –modelo de la estructura empresarial de los medios en nuestro país. Consecuentemente, la influencia de la radiodifusión europea, en particular la inglesa, fue combatida, pues sus formatos no correspondían a las ambiciones capitalistas de las empresas locales; incluso se llegó a estructurar desde la AIR un ataque frontal a la posible intervención de la British Broadcasting Company (BBC) en América, pues se trataba de una corporación que, aseguraba la AIR, fomentaba el monopolio estatal.
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*Juan Aurelio Fernández MezaJuan Aurelio Fernández Meza. "Fallas de origen". Historia del encuentro entre la sociedad y la televisión mexicana, 2010, Tesis para la licenciatura de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, p. 31 y ss.


foto: fernandeza

Fátima Fernández Christlieb | México 1983 | Panorama de los medios informativos al inicio de la reforma política


Fátima Fernández Christlieb | México  1983 |Panorama de los medios informativos al inicio de la reforma política*



Para 1977, cuando se anuncia la reforma política, la estructura general de los medios de difusión masiva no permite la expresión de las distintas corrientes ideológicas existentes en el país. Los únicos emisores de mensajes informativos se encuentran en la burocracia política o en los grupos empresariales. Resultaba contradictorio con este marco plantear la participación política de nuevos grupos sin la existencia de canales de expresión. De aquí que se anunciaran modificaciones en el ámbito de la difusión masiva que en el terreno de los medios escritos se facilitara el establecimiento de una cooperativa con las características de unomásuno.

Este nuevo diario, surgido en el mismo año en que se comienza a instrumentar la reforma política, cobra fuerza por tres razones: la primera, porque su director, periodista muy experimentado, demostró que un requerimiento para abrirse campo entre la decena de periódicos diarios editados en la capital, estribaba en romper con la uniformidad prevaleciente en la prensa nacional; esto lo logra primeramente modificando formato y distribución de noticias y estimulando una nueva generación de periodistas y cronistas al tiempo que prescinde en lo posible de los boletines oficiales. La segunda razón de la aceptación del público lector fue su vinculación con el antiguo Excélsior (cuyo espacio vino a cubrir), la inequívoca postura liberal y la solidaridad con los movimientos democráticos. Y la tercera razón por la que cobró fuerza fue la necesidad de contar con canales institucionales de expresión para la disidencia.

Al año siguiente de la aparición de este diario y como acto de gobierno que contradice los postulados del derecho a la información, se distribuye en las dependencias oficiales un documento titulado “Lineamientos de la Comunicación Social”, cuyo objetivo es exigir uniformidad en la información gubernamental.  Se alude a problemas de incoherencia y falta de sistematización, a la vez que se solicita la difusión de una imagen única de gobierno. Con ello se evidencia el desgaste de los mecanismos de control informativo y la carencia de interés en instrumentar el derecho a una información veraz.

El sexenio de López Portillo se inicia con marcadas perspectivas de cambio en cuanto a la radio y la televisión: el Plan Básico de Gobierno promete una revisión a fondo de la función social de la información con miras a garantizar la expresión de los distintos sectores de la sociedad; el artículo sexto de la Constitución, referente a la libertad de expresión, se modifica para que el Estado garantice el derecho a la información; la reforma administrativa anuncia el fin de la multiplicidad de organismos con duplicidad de funciones para centralizar en una sola secretaría lo relativo a los medios electrónicos; la Comisión Federal Electoral invita a los ciudadanos a opinar sobre el contenido de la ley que reglamentará el derecho a la información.

Con estos antecedentes parece anunciarse la instrumentación de un proyecto gubernamental tendiente a contrarrestar sustancialmente la programación mercantil y anticultural del capital financiero que monopoliza las concesiones de radio y televisión. Parecía que efectivamente los medios de difusión masiva estaban insertos en una reforma política que pugnaría por una pluralidad de emisores.

La oposición a este proyecto gubernamental, tanto por parte de un sector retardatario de la misma burocracia política como de los empresarios de los medios informativos, detiene las reformas anunciadas.
En lugar del proyecto delineado en los documentos mencionados, el Estado comienza a desarrollar una política de difusión masiva caótica y contradictoria, que manifiesta la división existente dentro del grupo gobernante.

En los primeros tres años del sexenio 1979-1982 es notorio que no hay consenso sobre la directriz que debe seguir la televisión estatal:  en este lapso el canal 13 cambia de dirección en cinco ocasiones.

Tampoco hay definición en lo relacionado con la política general de difusión masiva, prueba de ello es que la reforma administrativa se realiza sólo en el papel: tras centralizarse lo relativo a medios masivos en la Secretaría encargada de la política interna –y  no en la de Educación Pública si los medios fuesen considerados como de educación informal y no como medios de control político- se vuelve a dar vida a los organismos que antiguamente tenían ingerencia en los medios. En un principio se le otorga a la Secretaría de Programación y Presupuesto el papel  de cabeza de estas dependencias y organismos, a través del Consejo Nacional de Comunicación Social. Posteriormente, para fines de 1978, será la Secretaría de Gobernación la que convoque a reuniones para definir e instrumentar la política informativa del régimen.

En contraposición al caos informativo que reina dentro del gobierno, se levanta más definida y sólida que nunca la política informativa del capital monopólico internacional. Con una definición de objetivos y una organización cada vez más precias continúa diseñando las pautas culturales e informativas que son difundidas no sólo a lo largo y a lo ancho del territorio nacional sino entre los grupos de habla hispana residentes en los Estados Unidos.

Ante la situación que priva en los medios de difusión masiva, la oposición ha guardado silencio. Parte de la izquierda emite, esporádicamente, críticas apocalípticas sin aporte alguno.
ALTERNTIVA  ESTATAL ANTE LA PRESIÓN EMPRESARIAL
La historia de la radiodifusión mexicana es la historia del arraigo del capital monopólico en los vehículos ideológicos más importantes de la sociedad de masas. Reformar este rumbo histórico con miras a modernizar el actual sistema político fue el objetivo de la fracción progresiva que propuso modificar el artículo sexto constitucional.

El proyecto de dicha fracción se delineó con claridad en el Plan Básico de Gobierno 1976-1982 y se comenzó a instrumentar al garantizar en la Constitución el derecho a la información. El siguiente paso es la elaboración de una ley que lo reglamente.  Sus lineamientos generales fueron expuestos por el secretario de Gobernación y coinciden con el Plan Básico. Para su enriquecimiento, se convocó a la ciudadanía para que públicamente expresara sus  opiniones ante la Comisión Federal Electoral.

La oposición a este proceso ya iniciado se manifestó en la prensa de derecha y en la televisión privada durante las primeras semanas de 1979. A ello siguió una nueva presión empresarial similar a las que se dieron en 1960, en 1969 y en 1973, casos que mencionamos en su oportunidad. La actual presión ha detenido el avance de las reformas que comenzaron con la modificación constitucional.  Los medios de difusión masiva son un escenario más que corrobora la abierta actuación del capital monopólico internacional en nuestro país.

La fracción gubernamental que elaboró el proyecto tendiente a que el Estado mexicano asumiera un papel rector en los medios informativos, recreativos y educacionales, no sólo busca el control de éstos por ser portadores de pautas culturales sino porque los medios de difusión masiva resultan hoy indispensables para el ejercicio del poder político y para le legitimación social de todo Estado.

Si bien es ésta la finalidad que los ideólogos de la reforma política buscan para los medios de difusión, no son de ninguna manera despreciables las propuestas para la política informativa nacional contenidas en el Plan Básico de Gobierno, en el sentido de respetar el pluralismo ideológico, dándole canales de expresión a partidos políticos, sindicatos, asociaciones de científicos,  profesionales, artistas y agrupaciones sociales.

De instrumentarse esta propuesta, la clase obrera tendría acceso permanente  a la radio y la televisión, para configurar sus propios mensajes transmitiéndolos a través de los canales y tiempos gubernamentales. Esto, es el marco del monopolio informativo, sería una avance considerable, pues abriría fisuras en el mensaje de la clase dominante que en estos momentos de difunde como mensaje único.

Podríamos plantear numerosas proposiciones para democratizar los medios de difusión masiva, pero en estos momentos en que se está quedando desplazado un proyecto gubernamental que facilita la expresión de todos los sectores sociales, lo menos que puede proponérsele a un  Estado que se precie de ser aún el depositario del poder político es que instrumente su propio  Plan de Gobierno.

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*Fátima Fernández Christlieb, “Panorama de los medios informativos al inicio de la Reforma política” en México, hoy, Pablo González Casanova y Enrique Florescano (coords.), Siglo XXI, México, 1983, p. 343-347.

lunes, 20 de mayo de 2013

Jürgen Habermas | La técnica de los aparatos de la vida cotidiana

Jürgen Habermas | La técnica de los aparatos de la vida cotidiana*



Deutsch: Jürgen Habermas spricht zur Krise der...
 Jürgen Habermas  (Photo credit: Wikipedia)


Una filosofía que no trata ya de pasar a través del mundo de la vida y de la ciencia para hallar fundamentos últimos o aconteceres originarios, no tiene más remedio que estar en contacto con las ciencias: antes de criticar a las ciencias tiene que aprender de ellas. Mientras tanto, las ciencias sociales han hecho también suya a su manera la temática del mundo de la vida. De modo que un acceso directo a esa «tecnificación» del mundo de la vida, de la que partió la crítica de la ciencia que hizo Husserl, se ha vuelto más difícil para la filosofía. Recurriendo a los ejemplos que representa nuestro trato con aparatos técnicos en la vida cotidiana y con los riesgos que comporta la gran tecnología, trataré por lo menos de ilustrar la aportación que dentro de las propias ciencias sociales se ha hecho a esa temática, aportación que el filósofo debe tener en cuenta.

En la vida cotidiana nos encontramos con productos de la ciencia y de la técnica primariamente en la forma manual y familiar de electrodomésticos y de otros instrumentos similares, de aparatos de radio y televisión, de pequeñas calculadoras, etc. Además, la luz eléctrica, la calefacción y los automóviles nos hacen recordar que a través de nuestra vivienda, de los artículos de consumo y de las actividades de tiempo libre estamos ligados a redes de alta tecnología y a las correspondientes planas mayores de servicio técnico, es decir, que estamos ligados a una infraestructura tecnológica que escapa a nuestro alcance. En estos ámbitos de experiencia una racionalidad encarnada en esos propios aparatos técnicos choca con la lógica específica de los mundos de la vida simbólicamente estructurados. Pero las instrucciones para conectar el aparato y para usarlo, que vienen preprogramadas por la estructura de ese mismo aparato, en modo alguno intervienen sin mediaciones en las estructuras de expectativas y en las rutinas de acción de la vida cotidiana.

Esas coerciones formales de la técnica vienen mediadas principalmente por los medios que son el dinero y el poder, es decir, primero por los mercados, que a través de la oferta y la demanda regulan el diseño, fabricación y difusión del producto, así como por la actividad organizativa de un Estado que posibilita la utilización de esos aparatos asegurando las correspondientes infraestructuras técnicas y gobernándolas mediante una densa red de disposiciones jurídicas. Desde un punto de vista sociológico la tecnificación de la vida cotidiana se presenta como una variable en el juego entre las exigencias funcionales del sistema económico y del sistema administrativo, por un lado, y las pretensiones del mundo de la vida orientadas por valores de uso, por otro. La crítica filosófica de la técnica, que se pone de inmediato a hablar de la razón instrumental o de una subjetividad que se somete a absoluto control tecnológico a sí misma, pasa por alto la lógica sistémica de las mediaciones sociales de la técnica.

Una imagen más matizada resulta también en lo tocante a la cuestión central de si la tecnificación de la vida cotidiana hay que entenderla más bien como una intervención desintegradora, es decir, como colonización, o más bien como un proceso de alivio y descarga, es decir, de apropiación asumida con voluntad y conciencia y también creativa. Estas tendencias contrapuestas se entrecruzan. En unos casos se abren espacios para un empleo autoconsciente de la técnica, de suerte que estilos de vida previamente acuñados pueden afirmarse contra las coerciones que en lo que respecta a la acción ejercen los aparatos y dispositivos técnicos. En muchos casos, después quizá de pasar una generación, se produce una habitualización del manejo y de los estilos de trato prescritos por las reglas técnicas; Max Weber hablaba de «tradicionalización secundaria» precisamente en relación con esos complejos técnicos que en la vida cotidiana no entendemos en su estructura, pero con los que acabamos familiarizándonos. En otros casos, en cambio, esa evolución técnica mediada sistémicamente genera una coerción o violencia objetivas en las que efectivamente fracasan la fuerza interpretativa y el poder de definición del mundo de la vida.

Entonces «los actores carecen ya de posibilidades para orientar conforme a sus propios modelos culturales los procesos sistémicos de tecnificación. A mediados del siglo xix, por ejemplo, los ferrocarriles y los palacios de cristal destinados a exposiciones revolucionaron las experiencias que del espacio y el tiempo tenían los contemporáneos. De forma distinta, el trato con los ordenadores podría hoy intervenir en la gramática profunda del trasfondo que representa el mundo de la vida e inducir cambios en las formas paradigmáticas de ver e incluso en los modelos de interpretación del mundo.

Quizá esta visión de la técnica, restringida a la vida cotidiana, se atiene todavía demasiado a lo concreto. Más abstractas son las consecuencias de la tecnología atómica y de la tecnología genética, y de la sobrecarga que las nuevas tecnologías inducen en los equilibrios de una naturaleza explotada industrialmente. «Abstractos» son estos peligros tecnológicos en sentido lato, porque en muchos casos escapan a la percepción cotidiana, sólo resultan aprehensibles mediante teorías e instrumentos de medida y nos enteramos de ellos mediante controversias públicas. Ulrich Beck ha hecho un impresionante análisis de este tipo de riesgos generados por la conjunción de ciencia y técnica, externalizados por el sistema económico y que el sistema político trata como puede de minimizar e incluso de presentar como inofensivos. Se trata de riesgos de una magnitud que no es calculable, es decir, que no es susceptible de aseguramiento alguno; la responsabilidad de ello no puede atribuirse conforme a las reglas usuales a causas singulares o a causadores o a agentes perfectamente identificables; no resultan bien delimitables o definibles en términos locales, temporales y sociales. Y como pudo barruntarse y observarse tras la catástrofe de Chernobil, tales peligros provocan más bien miedos vagos e inespecíficos que temores concretos. A causa de su carácter global e inahaprensible estos riesgos atacan a autoevidencias que se nos habían convertido en carne y sangre nuestra a través de los parámetros de nuestro entorno natural; quiebran, por así decir, seguridades que venían funcionando desde siempre de forma inconsciente.

Pero con esa idea de autonomización que Husserl toma de la filosofía del sujeto, es decir, con esa idea conforme a la que la ciencia y la técnica se habrían disociado del fundamento de sentido que para ellas representaría el mundo de la vida, tampoco se ha ganado a su vez mucho para entender esa situación. La filosofía, operando con una visión tan desarmada, en muy poco puede contribuir a clarificar esos mecanismos sistémicos de la economía y la administración que son los que regulan las intervenciones de la alta tecnología en las bases naturales de nuestra vida, y sobre los que podemos influir políticamente siquiera sea de forma indirecta.
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*Jurgen Habermas, Textos y contextos, trad. Manuel Jiménez Arredondo, Ariel, Barcelona 1996, p. 68-70.



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domingo, 19 de mayo de 2013

Pierre Bourdieu | Ser o no ser: presentarse en televisión


Pierre Bourdieu | Ser o no ser: presentarse en televisión* 
El plató y sus bastidores


Pierre Bourdieu
Pierre Bourdieu (Photo credit: Wikipedia)


Me gustaría plantear, aquí, en la pequeña pantalla, una serie de preguntas acerca de la televisión. Un propósito algo paradójico, puesto que creo que, en general, no se puede decir gran cosa en ella, y menos aún sobre la propia televisión. Pero entonces, si es cierto que no se puede decir nada en la televisión, ¿no debería concluir, junto con buen número de intelectuales, de artistas, de escritores, y de los más destacados, que sería mejor abstenerse de utilizarla como medio de expresión? 

Me parece que no se puede aceptar esta alternativa tajante, en términos de todo o nada. Creo que es importante hablar por televisión, pero en determinadas condiciones. Hoy, gracias al servicio audiovisual del Collège de France, me beneficio de unas condiciones que son absolutamente excepcionales: en primer lugar, mi tiempo no está limitado; en segundo lugar, el tema de mi disertación no me ha sido impuesto -lo he escogido libremente y todavía puedo cambiarlo-; en tercer lugar, no hay nadie, como en los programas normales y corrientes, para llamarme al orden, sea en nombre de la técnica, del «público, que no comprenderá lo que usted dice», de la moral, de las convenciones sociales, etcétera. Se trata de una situación absolutamente insólita puesto que, empleando un lenguaje pasado de moda, tengo un dominio de los medios de producción que no es habitual. Al insistir en que las condiciones que se me ofrecen son absolutamente excepcionales, ya digo algo acerca de las condiciones normales a las que hay que someterse cuando se habla por televisión. 

Pero, me objetarán, ¿por qué, a pesar de los pesares, la gente hace todo lo posible por aparecer en la televisión en condiciones normales? Se trata de una cuestión muy importante que, sin embargo, la mayor parte de los investigadores, de los científicos, de los escritores, por no mencionar a los periodistas, que aceptan participar no se plantean. Me parece necesario interrogarse sobre esta falta de preocupación al respecto. Creo, en efecto, que, al aceptar participar sin preocuparse por saber si se podrá decir alguna cosa, se pone claramente de manifiesto que no se está ahí para decir algo, sino por razones completamente distintas, particularmente para dejarse ver y ser visto. «Ser», decía Berkeley, «es ser visto.» Para algunos de nuestros filósofos (y de nuestros escritores), ser es ser visto en la televisión, es decir, en definitiva, ser visto por los periodistas, estar, como se suele decir, bien visto por los periodistas (lo que implica muchos compromisos y componendas). Bien es verdad que, al no contar con una obra que les permita estar continuamente en el candeiero, no tienen más remedio que aparecer con la mayor frecuencia posible en la pequeña pantalla, y por lo tanto han de escribir a intervalos regulares, cuanto más cortos mejor, unas obras cuya función principal, como observaba Gilles Deleuze, consiste en asegurarles que serán invitados a salir por televisión. De este modo, la pantalla del televisor se ha convertido hoy en día en una especie de fuente para que se mire en ella Narciso, en un lugar de exhibición narcisista. 

Este preámbulo puede parecer algo extenso, pero me parece deseable que artistas, escritores y científicos se planteen explícitamente la cuestión - a ser posible de modo colectivo-, para que nadie se vea abocado a decidir en solitario si hay que aceptar las invitaciones para aparecer en televisión o no, si hay que aceptarlas planteando una serie de condiciones o no, etcétera. Desearía fervientemente (siempre se puede soñar) que se ocuparan de este problema, de modo colectivo, y que trataran de entablar negociaciones con los periodistas, especializados o no, con el objetivo de llegar a una especie de acuerdo. Ni que decir tiene que no se trata de condenar ni de combatir a los periodistas, los cuales a menudo también lo pasan bastante mal con las coerciones que se ven obligados a imponer Se trata, por el contrario, de asociarlos a una reflexión orientada a la búsqueda de los medios para superar juntos las amenazas de instrumentalización. 

La opción de negarse lisa y llanamente a expresarse por medio de la televisión no me parece defendible. Pienso, incluso, que, en determinados casos, aparecer en ella puede constituir una especie de deber, a condición de que sea posible hacerlo en condiciones razonables. Y para orientar la toma de esta decisión hay que considerar la especificidad del instrumento televisual. La televisión es un instrumento que, teóricamente, ofrece la posibilidad de llegar a todo el mundo. Lo que plantea una serie de cuestiones previas: ¿Está lo que tengo que decir al alcance de todo el mundo? ¿Estoy dispuesto a hacer lo necesario para que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? ¿Merece ser escuchado por todo el mundo? Se puede ir incluso más lejos: ¿Debería ser escuchado por todo el mundo? Una de las misiones de los investigadores, y en particular de los científicos -y puede que sea especialmente acuciante en el campo de las ciencias sociales- es hacer llegar a todos los logros de la ciencia. Somos, como decía Husserl, «funcionarios de la humanidad», que cobran del Estado para descubrir cosas, sea acerca del mundo natural, sea acerca del mundo social, y forma parte, me parece, de nuestras obligaciones difundir los logros conseguidos. Siempre me he preocupado de pasar mis aceptaciones o mis negativas a participar en programas de televisión por el cedazo de estas interrogaciones previas. Y desearía que todos los que se encuentran en este caso se las plantearan o se sintieran más o menos obligados a planteárselas, porque los telespectadores, los críticos de televisión, se las plantean y las plantean a propósito de sus apariciones en la pequeña pantalla: ¿Tiene algo que decir? ¿Está en condiciones de decirlo? ¿Vale la pena decir aquí lo que está diciendo? En resumen: ¿Qué está haciendo aquí?
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*Pierre Bourdieu, Sobre la televisión, trad. Thomas Kauf, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 15-18.

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Lorenzo Vilches | Medios y el cambio de siglo | La emigración hacia el país de la Imagen

Lorenzo Vilches | Medios y el cambio de siglo | La emigración hacia el país de la Imagen*



Las tecnologías de la globalización postindustrial cambian el sentido de la nueva migración. El mundo no se divide entre ricos y pobres sino entre quienes están informados y quienes han quedado fuera de la edad de las conexiones. En estos momentos hay unos mil millones de pobres que viven en la edad del apagón digital, son los desconectados del mundo. Si es verdad que el formar parte del ciberespacio es condición indispensable para desarrollar la capacidad de vivir en una sociedad democrática, la entrada en las redes globales se convierte en una cuestión que concierne a la nueva Roma del imperio digital. 

La nueva sociedad digital es a la vez un territorio de desarrollo económico y el centro de una gran red integrada de las principales tecnologías de la comunicación. La emigración hacia los países desarrollados es también la entrada al mundo de las redes, y de la nueva cultura de los medios basada en la comercialización de la comunicación. En estos países, la comunicación electrónica se ha hecho indispensable para la creación de nuevas comunidades y espacios sociales. El primer mundo ha sabido desarrollar un entorno ciberespacial que constituye un escenario que trasciende los límites geográficos del territorio. El ciberespacio se constituye en el nuevo campo de la economía, de la cultura y del diálogo humano. El efecto llamada se ha propagado en buena parte a través de las imágenes de los informativos y de los programas de entretenimiento, pero seguramente, en mayor medida por la publicidad de los teléfonos móviles. El teléfono ya no es un producto para la comunicación sino una forma de aislamiento en una ciudad saturada de automóviles cuya única esperanza de movilidad empieza a ser la conexión permanente con algo o alguien. 

Hacia la Europa del bienestar emigran los africanos o latinoamericanos. Pero una buena parte de la civilización que ahora atrae a los desempleados de afuera se encuentra a su vez en pleno proceso de emigración hacia los mundos electrónicos. Esos mundos son los medios que están operando o experimentando un proceso de migraciones tecnológicas. Este traslado, que algunos denominan convergencia telemática, supone el movimiento masivo de tecnologías y contenidos analógicos e industriales hacia los digitales y virtuales. 

En el siglo XXI se terminará lo ya empezado en el anterior, las nuevas fronteras de la comunicación serán los del mundo de las empresas y de los consumidores como hasta ahora. Pero el capital del conocimiento, es decir, los conceptos, las ideas, los sonidos y las imágenes serán los nuevos valores. Hasta ahora, ese capital había sido considerado propiedad privada al igual que los bienes físicos. Por eso, las nuevas empresas se hallan en pleno proceso de concentración económica con el fin de crear redes mundiales para los suministradores y usuarios de bienes comunicacionales. Los usuarios emigran hacia nuevas formas del entretenimiento, de la información y la cultura diseñadas por empresas que mantendrán con ellos una relación a largo plazo. 

Los cambios que se están experimentando en las relaciones económicas de las empresas multimedia tendrán efectos a largo plazo sobre los conceptos mismos de producción en el sistema capitalista conocido hasta ahora. Las empresas de comunicación s han dedicado principalmente a producir películas, programas de televisión, vídeo juegos. Es decir, productos físicos que se compran a otras empresas y que se venden en los mercados internacionales. 

En los próximos años una cantidad cada vez mayor de empresas se dedicarán a la comercialización de experiencias comunicativas a través de los géneros del entretenimiento o de la información. Las compañías AOL Time-Wagner, Microsoft, Turner, Microsoft, Sony, Disney, Bertelsman, Real Networks están estructurando sus empresas para pasar de la venta de productos a la mercantilización de la comunicación lúdica que incluye acontecimientos, eventos y participación en grandes campañas de comunicación solidaria (Turner cofinanciando a la Unesco, Bill Gates patrocinando a la Real Academia Española). Naturalmente surgen alternativas peligrosas para el sistema capitalista musical como es el fenómeno Napster (que permitió a más de 70 millones de personas intercambiar música directamente a través de su ordenador, sin pasar por un centro de compras y sin gastar un centavo. Las compañías reaccionaron y los jueces se pusieron de su lado: «Han creado un monstruo, ahora les toca arreglarlo» declaraba la juez que se ocupa del caso, al mismo tiempo que amenazaba con cerrar el servidor de Internet de Napster. Las compañías musicales habían enviado a Napster más de 600.000 títulos para que se les suprimiera del servidor. Sin embargo, esta vía de escape del sistema tenía sus días contados, no sólo por la acción judicial sino por la alianza inevitable con Berstelman, el gigante de la comunicación que ha invertido 50 millones de dólares en la web de Napster como pieza clave de su estrategia comercial. Pero nuevas alternativas siguieron inmediatamente a esta primera gran experiencia de autogestión musical. 

Al inicio de la nueva economía de la comunicación, los clientes de clase media adquirían ordenadores, películas en vídeo o en DVD, software integrados, cámaras digitales, etc. Actualmente, los productos se comercializan cada vez menos porque las compañías están interesadas en alquilar y gestionar una gran gama de servicios de información, plataformas y contenidos educativos, recursos culturales y experiencias personales. El negocio ha emigrado de la venta del producto al alquiler de tiempo de experiencia comunicativa del usuario. 

Las comunicaciones que comenzaron con la mercantilización de los barcos para el transporte de los productos y flujos migratorios de la antigüedad y continuaron a través de los medios de transporte terrestre en la época industrial, son ahora espacio/virtuales y están a punto de llegar al centro de la persona y convertir la identidad misma del yo en un mercado. La larga emigración hacia los bienes intangibles podría tener aquí su puerto definitivo de llegada. 

En la antigüedad cuando los territorios agotaban los bienes para la subsistencia de sus habitantes, éstos abandonaban sus tribus y emigraban hacia zonas más ricas en bienes básicos. Podríamos pensar que las emigraciones a partir de la revolución industrial se asemejan todavía a las primeras. Pero hay otra forma de emigración aún. En la época del Imperio Romano, el Senado dispensaba los territorios de sus provincias como pensión vitalicia a quienes habían servido en sus ejércitos. De esta manera, la descentralización cumplía el doble objetivo de crear colonos para gobernar y defender los pueblos y tierras conquistadas. Con ello mantenían contentos a los altos mandos que renunciaban a tentaciones de poder en la Roma Imperial. 

La revolución iniciada en la era post industrial tiene bastante más que ver con la política de asentamientos de la emigración romana. La integración de los territorios comunicativos de la sociedad en la esfera comercial ha dado vuelta la situación tradicional de la sociedad donde una vez establecidos los sistemas de movilización y comunicación podían acceder los mercaderes. Una de las características más innovadoras de la globalización comunicativa la migración digital consiste en que toda la economía se traslada a la red de comunicación. De tal manera que un número relativamente pequeño de o grandes compañías establecen filiales y zonas de franquicias, una verdadera macdonalización de la economía mundial. La segunda innovación reside en un nuevo sistema, basado en el anterior. La globalización de la red de comunicación se construye sobre la base de la descentralización del comercio no de productos sino de la capacidad intelectual y creativa de los mismos usuarios. El sistema de pago por impacto en las páginas web, pago por ver, es sólo una de las formas que adquiere la mercantilización de bienes intangibles. Los usuarios crean webs o portales aportando su saber y su imaginación y la red les devuelve una transacción basada en do ut des. Como creador de una web recibo en pago publicitarme en otras web con tal de aceptar publicidad en mis páginas. Todos los creadores de sitios en Internet ansían tener un patrocinador, es decir, una marca que se publicite gratis en sus páginas. Los precedentes de este sistema no son, sin embargo, totalmente desconocidos. No otra cosa hacen todos aquellos que aparecen en televisión como público-decorado en los programas de entretenimiento. Usted nos concede su imagen y su tiempo y nosotros le pagamos con un espacio de gloria en la pantalla. A esta convocatoria popular concurren no sólo espectadores jubilados y amas de casa. Los escritores de novelas y científicos se prestan gustosos a un talk show sin cobrar en metálico porque un minuto de su presencia en la pantalla puede equivaler a una media de 1 o 2 millones de espectadores como mínimo.

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Lorenzo Vilches, La migración digital, Gedisa, Barcelona, 2001, p. 31-35.




Babasónicos | Chusma, talk show e intimidad | Gustavo Show

Babasónicos | Chusma, talk show e intimidad | Gustavo Show*

English: Adrián Dárgelos, lead singer of Babas...
Adrián Dárgelos, cantante del grupo Babasónicos. (Photo credit: Wikipedia)

Gustavo Show: 




Estás de vuelta,
sos la tormenta, 
la novedad,
en las histerias,
no existen causas
y ni cuenta te das,
tu clima inestable me acosa,
empaca todo y terminemos esto,
por una vez te digo la verdad,
No especules con mis sentimientos nena,
manejadora, come cabeza,
arma mortal, lengua afilada,
te temo y me escondo,
nena me enfermas,
no tengo más vueltas, reacciona,
empaca todo y terminemos esto,
por una vez te digo la verdad,
no especules con mis sentimientos nena,
Separemos nuestro andar,
la chusma del barrio, nos mira pelear,
hacemos talk show, nuestra intimidad,
empaca todo y terminemos esto,
por una vez te digo la verdad,
no especules con mis sentimientos nena,
Separemos nuestro andar,
se terminó la pesadilla, se terminó,
vuelvo a soñar, felicidad no me detengan
que allá voy,
no te detengas

que acá estoy.
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*"Gustavo Show" en Miami, 1999,
Letra, Adrian Rodriguez,
Producción: Babasónicos.
Grabación: Gustavo Iglesias.
Mezcla: Andrew Weiss.
Asistencia: Chofi Faruolo.
Mastering: Howie Weinber.
"Identikit": Horacio Gallo.
Diseño gráfico: Alejandro Ros.




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jueves, 16 de mayo de 2013

Giovanni Sartori | Antropologicismo, biologicismo, cientificismo y televisión


Giovanni Sartori | Antropologicismo, biologicismo, cientificismo y televisión*



Todo progreso tecnológico, en el momento de su aparición, ha sido temido e incluso rechazado. Y sabemos que cualquier innovación molesta porque cambia los órdenes constituidos. Pero no podemos, ni debemos generalizar. El invento más protestado fue, históricamente, el (le la máquina, la máquina industrial. La aparición de la máquina provocó un miedo profundo porque, según se decía, sustituía al hombre. Durante dos siglos esto no ha sido cierto. Pero era verdad entonces, y sigue siéndolo ahora, que el coste humano de la primera revolución industrial fue terrible. Aunque la máquina era imparable, y a pesar de todos los inmensos beneficios que ha producido, aún hoy las críticas a la civilización de la máquina se relacionan con verdaderos problemas. En comparación con la revolución industrial, la invención de la imprenta y el progreso de las comunicaciones no han encontrado hostilidades relevantes; por el contrario, siempre se han aplaudido y casi siempre han gozado de eufóricas previsiones . Cuando apareció el periódico, el telégrafo, el teléfono y la radio (dejo en suspenso el caso de la televisión) la mayoría les dio la bienvenida como «progresos» favorables para la difusión de información, ideas y cultura. En este contexto, las objeciones y los temores no han atacado a los instrumentos, sino a su contenido. El caso emblemático de esta resistencia —repito, no contra la comunicación sino contra lo que se comunicaba— fue el caso de la Gran Enciclopedia. 

La Encyclopédie de Diderot (cuyo primer torno apareció en 1751) fue prohibida e incluida en el Indice en 1759, con el argumento de que escondía una conspiración para destruir la religión y debilitar la autoridad del Estado. El papa Clemente XII llegó a decretar que todos los católicos que poseyeran ejemplares debían dárselos a un sacerdote para que los quemaran, so pena de excomunión. Pero a pesar de esta excomunión y del gran tamaño y el coste de la obra (28 volúmenes infolio, realizados aún a mano), se imprimieron, entre 1751 y 1789, cerca de 24.000 copias de la Encyclopédie, un número realmente colosal para la época. El progreso de los ilustrados fue incontenible. Y si no debemos confundir nunca el instrumento con sus mensajes, los medios de comunicación con los contenidos que comunican, el nexo es éste: sin el instrumento de la imprenta nos hubiéramos quedado sin Encyplopédie y, por tanto, sin Ilustración. Volvamos a la instrumentalización. Incluso cuando un progreso tecnológico no suscita temores importantes, todo invento da lugar a previsiones sobre sus efectos, sobre las consecuencias que producirá. No es cierto que la tecnología de las comunicaciones haya suscitado previsiones catastróficas (más bien ha sucedido lo contrario); pero es verdad que con frecuencia, nuestras previsiones no han sido muy acertadas en este sentido: pues lo que ha sucedido no estaba previsto. Tomemos el caso de la invención del telégrafo. El problema que nadie advirtió a tiempo era que el telégrafo atribuía un formidable monopolio sobre las informaciones a quien instalaba primero los cables.

De hecho, en Estados Unidos, la Western Union (monopolio del servicio telegráfico) y la Associated Press (la primera agencia de noticias) se convirtieron enseguida en aliados naturales; y esta alianza prefabricaba, por así decirlo, los periódicos, porque era la Associated Press la que establecía cuáles eran las noticias que había que dar, y era la Western Union la que hacía llegar el noticiario a una velocidad increíble. De modo diligente e inesperado este problema se resolvió eo ipso por el teléfono: un cable más que, sin embargo, permitía a cada usuario comunicar lo que quería. También la radio ha tenido efectos secundarios no previstos: por ejemplo, la «musicalización» de nuestra vida cotidiana (además del gran lanzamiento de deportes que podían ser «narrados», como el fútbol). ¿Y la televisión? Hemos llegado al punto importante. Hasta la llegada de la televisión a mediados de nuestro siglo, la acción de «ver» del hombre se había desarrollado en dos direcciones: sabíamos engrandecer lo más pequeño (con el microscopio), y sabíamos ver a lo lejos (con el binóculo y aún más con el telescopio). Pero la televisión nos permite verlo todo sin tener que movernos: lo visible nos llega a casa, prácticamente gratis, desde cualquier lugar. Sin embargo no era suficiente. En pocas décadas el progreso tecnológico nos ha sumergido en la edad cibernética , desbancando —según dicen— a la televisión. En efecto hemos pasado, o estamos pasando, a una edad «multimedia» en la cual, como su nombre indica, los medios de comunicación son numerosos y la televisión ha dejado de ser la reina de esta multimedialidad . El nuevo soberano es ahora el ordenador. Porque el ordenador (y con él la digitalización de todos los medios) no sólo unifica la palabra, el sonido y las imágenes, sino que además introduce en los «visibles» realidades simuladas, realidades virtuales. Pero no acumulemos demasiadas cosas. La diferencia en la que debemos detenernos es que los medios visibles en cuestión son dos, y que son muy diferentes. La televisión nos muestra imágenes de cosas reales, es fotografia y cinematografla de lo que existe. Por el contrario, el ordenador cibernético (para condensar la idea en dos palabras) nos enseña imágenes imaginarias. La llamada realidad virtual es una irrealidad que se ha creado con la imagen y que es realidad sólo en la pantalla. Lo virtual, las simulaciones amplían desmesuradamente las posíbilidades de lo real; pero no son realidades.

Así pues, el cambio de agujas se ha producido por el hecho de informarse viendo. Este cambio empieza con la televisión. Por tanto, comienzo también yo por tele-ver. Sean cuales sean los desarrollos virtuales del vídeo-ver posteriores a la televisión, es la televisión la que modifica primero, y fundamentalmente, la naturaleza misma de la comunicación, pues la traslada del contexto de la palabra (impresa o radiotransmitida) al contexto de la imagen. La diferencia es radical. La palabra es un «símbolo» que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si conocemos la lengua a la que pertenece; en caso contrario, es letra muerta, un signo o un sonido cualquiera. Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual.

La imagen se ve y eso es suficiente; y para verla basta con poseer el sentido de la vista, basta con no ser ciegos. La imagen no se ve en chino, árabe o inglés; como ya he dicho, se ve y es suficiente. Está claro, pues, que el caso de la televisión no puede ser tratado por analogía, es decir, como si la televisión fuera una prolongación y una mera ampliación de los instrumentos de comunicación que la han precedido. Con la televisión, nos aventuramos en una novedad radicalmente nueva. La televisión no es un anexo; es sobre todo una sustitución que modifica sustancialmente la relación entre entender y ver. Hasta hoy día, el mundo, los acontecimientos del mundo, se nos relataban (por escrito); actualmente se nos muestran, y el relato (su explicación) está prácticamente sólo en función de las imágenes que aparecen en la pantalla.

Si esto es verdad, podemos deducir que la televisión está produciendo una permutación, una metamorfosis, que revierte en la naturaleza misma del homno sapiens. La televisión no es sólo instrumento de comunicación; es también, a la vez, paideía, un instrumento «antropogenético», un medium que genera un nuevo ánthropos, un nuevo tipo de ser humano.

Esta es la tesis, o si se prefiere la hipótesis, en la que se centra todo el libro, y sobre la cual obviamente volveré con frecuencia. Una tesis que se fundamenta, como premisa, en el puro y simple hecho de que nuestros niños ven la televisión durante horas y horas, antes de aprender a leer y escribir

«Al principio fue la palabra»: así dice el Evangelio de Juan. Hoy se tendría que decir que «al principio fue la imagen». Y con la imagen que destrona a la palabra se asedia a una cultura juvenil descrita perfectamente por Alberoni (1997): Los jóvenes caminan en el mundo adulto de la escuela, del Estado [...] de la profesión como clandestinos. En la escuela, escuchan perezosamente lecciones [...] que enseguida olvidan. No leen periódicos [...1. Se parapetan en su habitación con carteles de sus héroes, ven sus propios espectáculos, caminan por la calle inmersos en su música. Despiertan sólo cuando se encuentran en la discoteca por la noche, que es el momento en el que, por fin, saborean la ebriedad de apiñarse unos con otros, la fortuna de existir como un único cuerpo colectivo danzante.

No podría describir mejor al vídeo-niño, es decir, el niño que ha crecido ante un televisor. ¿Este niño se convierte algún día en adulto? Naturalmente que sí, a la fuerza. Pero se trata siempre de un adulto sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos por la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales responde cuando es adulto son casi exclusivamente audiovisuales. Por tanto, el vídeo-niño no crece mucho más. A los treinta años es un adulto empobrecido, educado por el mensaje: «la cultura, qué rollazo», de Ambra Angiolini (l’enfantprodige que animaba las vacaciones televisivas), es, pues, un adulto marcado durante toda su vida por una atrofia cultural.

El término cultura posee dos significados. En su acepción antropológica y sociológica quiere decir que todo ser humano vive en la esfera de su cultura. Si el hombre es, como es, un animal simbólico, de ello deriva eo ipso que vive en un contexto coordinado de valores, creencias, conceptos y, en definitiva, de simbolizaciones que constituyen la cultura. Así pues, en esta acepción genérica también el hombre primitivo o el analfabeto poseen cultura. Yes en este sentido en el que hoy hablamos, por ejemplo, de una cultura del ocio, una cultura de la imagen y una cultura juvenil. Pero cultura es además sinónimo de «saber»: una persona culta es una persona que sabe, que ha hecho buenas lecturas o que, en todo caso, está bien informada. En esta acepción restringida y apreciativa, la cultura es de los «cultos», no de los ignorantes. Y éste es el sentido que nos permite hablar (sin contradicciones) de una «cultura de la incultura» y asimismo de atrofia y pobreza cultural.

Es cierto que «las sociedades siempre han sido plasmadas por la naturaleza de los medios de comunicación mediante los cuales comunican más que por el contenido de la comunicación. El alfabeto, por ejemplo, es una tecnología absorbida por el niño [...] mediante ósmosis, por llamarlo así» (McLuhan y Fiore, 1967, pág. 1). Pero no es verdad que «el alfabeto y la prensa hayan promovido un proceso de fragmentación, de especialización y de alejamiento [mientras que] la tecnología electrónica promueve la unificación y la inmersión» (ibídem.) Si acaso es verdad lo contrario. Ni siquiera estas consideraciones pueden demostrar superioridad alguna de la cultura audio-visual sobre la cultura escrita.

El mensaje con el cual la nueva cultura se recomienda y se auto-elogia es que la cultura del libro es de unos pocos —es elitista—, mientras que la cultura audio-visual es de la mayoría. Pero el número de beneficiarios —sean minoría o mayoría— no altera la naturaleza ni el valor de una cultura.

Y si el coste de una cultura de todos es el desclasamiento en una subcultura que es además —cualitativamente— «incultura» (ignorancia cultural), entonces la operación representa solamente una pérdida. ¿Es tal vez mejor que todos seamos incultos a que haya unos pocos cultos? ¿Queremos una cultura en la que nadie sepa nada? En definitiva, si el maestro sabe más que el alumno, tenemos que matar al maestro; y el que no razona de este modo es un elitista. Esta es la lógica de quien carece de lógica.


Damos por descontado que todo progreso tecnológico es, por definición, un progreso. Sí y no. Depende de qué entendamos por progreso. Por sí mismo, progresar es sólo «ir hacia delante» y esto comporta un crecimiento. Y no está claro que este aumento tenga que ser positivo. También de un tumor podemos decir que crece, y en este caso lo que aumenta es un mal, una enfermedad. En numerosos contextos, pues, la noción de progreso es neutra. Pero con respecto a la progresión de la historia, la noción de progreso es positiva. Para la Ilustración, y aún hoy para nosotros, progreso significa un crecimiento de la civilización, un avance hacia algo mejor, es decir, una mejoría. Y cuando la televisión se define como un progreso, se sobreentiende que se trata de un crecimiento «bueno».

Pero atención: aquí no estamos hablando del progreso de la televisión (de su crecimiento), sino de una televisión que produce progreso. Y una segunda advertencia: una mejora que sea sólo cuantitativa no es por sí misma una mejora; es solamente una extensión, un mayor tamaño o penetración. El progreso de una epidemia y, por tanto, su difusión, no es —por así decirlo— un progreso que ayuda al progreso. La advertencia es, pues, que un aumento cuantitativo no mejora nada si no está acompañado de un progreso sustancial. Lo que equivale a decir que un aumento cuantitativo no es un progreso cualitativo y, por tanto, un progreso en sentido positivo y apreciativo del término. Y mientras que un progreso cualitativo puede prescindir del aumento cuantitativo (es decir, quedar en el ámbito de lo poco numeroso), lo contrario no es cierto: la difusión en extensión de algo se considera progreso sólo si el contenido de esa difusión CS positivo, o al menos no da pérdidas, si no está ya en pérdidas.

Una vez aclarada esta premisa, la pregunta es: ¿en qué sentido la televisión es «progresiva», en cuanto que mejora un estado de cosas ya preexistentes? Es una pregunta a la que debemos responder haciendo una distinción. La televisión beneficia y perjudica, ayuda y hace daño. No debe ser exaltada en bloque, pero tampoco puede ser condenada indiscriminadamente.

En líneas generales (lo iremos viendo detalladamente) es cierto que la televisión entretiene y divierte: el horno ludens, el hombre como animal que goza, que le encanta jugar, nunca ha estado tan satisfecho y gratificado en toda su historia. Pero este dato positivo concierne a la «televisión espectáculo».

No obstante, si la televisión transforma todo en espectáculo, entonces la valoración cambia. Una segunda generalización: es verdad que la televisión "estimu1a". En parte ya lo ha hecho la radio; pero el efecto estimulante de la televisión es dinámico y diferente. Despertar con la palabra (la radio) es algo insignificante respecto a un despertar producido por la visión de todo el mundo, lo que, en potencia, podemos ver en cualquier casa. Hasta el siglo XX, las tres cuartas partes de los seres vivos estaban aislados y adormecidos en sus pueblos (como máximo en pequeñas ciudades). Ahora a todos nosotros, casi seis mil millones de personas, nos despiertan o nos pueden despertar. Es un movimiento colosal, del cual aún no podemos sopesar el impresionante impacto. De momento, en cualquier caso, es seguro que un despertar es apertura hacia el progreso en la acepción ilustrada del término. Pero por el contrario, es también seguro que frente a estos progresos hay una regresión fundamental: el empobrecimiento de la capacidad de entender.

El horno sapiens —volvemos a él— debe todo su saber y todo el avance de su entendimiento a su capacidad de abstracción. Sabemos que las palabras que articulan el lenguaje humano son símbolos que evocan también representaciones» y, por tanto, llevan a la mente figuras, imágenes de cosas visibles y que hemos visto. Pero esto sucede sólo con los nombres propios y con las «palabras concretas» (lo digo de este modo para que la exposición sea más simple), es decir, palabras como casa, cama, mesa, carne, automóvil, gato, mujer, etcétera, nuestro vocabulario de orden práctico.

De otro modo, casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras abstractas que no tienen ningún correlato en cosas visibles, y cuyo significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes. Ciudad es todavía algo que podemos «ver»; pero no nos es posible ver nación, Estado, soberanía, democracia, representación, burocracia, etcétera; son conceptos abstractos elaborados por procesos mentales de abstracción que están construidos por nuestra mente como entidades. Los conceptos de justicia, legitimidad, legalidad, libertad, igualdad, derecho (y derechos) son asimismo abstracciones «no visibles». Y aún hay más, palabras como paro, inteligencia, felicidad son también palabras abstractas. Y toda nuestra capacidad de administrar la realidad política, social y económica en la que vivimos, y a la que se somete la naturaleza del hombre, se fundamenta exclusivamente en un pensamiento conceptual que representa —para el ojo desnudo— entidades invisibles e inexistentes. Los llamados primitivos son tales porque —fábulas aparte— en su lenguaje destacan palabras concretas: lo cual garantiza la comunicación, pero escasa capacidad científico-cognoscitiva. Y de hecho, durante milenios los primitivos no se movieron de sus pequeñas aldeas y organizaciones tribales.

Por el contrario, los pueblos se consideran avanzados porque han adquirido un lenguaje abstracto —que es además un lenguaje construido en la lógica— que permite el conocimiento analítico-científico.

Algunas palabras abstractas —algunas, no todas— son en cierto modo traducibles en imágenes, pero se trata siempre de traducciones que son sólo un sucedáneo infiel y empobrecido del concepto que intentan «visibilizar». Por ejemplo, el desempleo se traduce en la imagen del desempleado; la felicidad en la fotografia de un rostro que expresa alegría; la libertad nos remite a una persona que sale de la cárcel. Incluso podemos ilustrar la palabra igualdad mostrando dos pelotas de billar y diciendo: «he aquí objetos iguales», o bien representar la palabra inteligencia mediante la imagen de un cerebro. Sin embargo, todo ello son sólo distorsiones de esos conceptos en cuestión; y las posibles traducciones que he sugerido no traducen prácticamente nada. La imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo. De igual manera, el hecho de mostrar a un detenido que abandona la cárcel no nos explica la libertad, al igual que la figura de un pobre no nos explica la pobreza, ni la imagen de un enfermo nos hace entender qué es la enfermedad. Así pues, en síntesis, todo el saber del horno sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.

Para el sensismo (una doctrina epistemológica abandonada por todo el mundo, desde hace tiempo) las ideas son calcos derivados de las experiencias sensibles. Pero es al revés. La idea, escribía Kant, es «un concepto necesario de la razón al cual no puede ser dado en los sentidos ningún objeto adecuado (kongruirender Gegensland)», Por tanto, lo que nosotros vemos o percibimos concretamentemente no produce «ideas», pero se insiere en ideas (o conceptos) que lo encuadran y lo «significan». Y éste es el proceso que se atrofia cuando el horno sapiens es suplantado por el horno videns. Este último, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más pobre no sólo en cuanto a palabras (al número de palabras), sino sobre todo en cuanto a la riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa. .

La acusación es grave. Y uno de mis intentos de exponerla en toda su gravedad es ver de qué modo los acusados —sean vídeo-defensores o multimedialistas— la saben rebatir. La respuesta ritual es que todo hallazgo tecnológico se ha topado con inquisidores que siempre se han equivocado. Pero ya hemos visto que esta respuesta es falsa. Quién maldijo el invento de la imprenta? ¿Quién ha condenado el telégrafo y el teléfono? La invención de la radio deslumbró a todos. Responder invocando a inexistentes satanizadores es, pues, una respuesta vacía que evade el problema propuesto.

Una segunda respuesta es que lo inevitable es aceptado. Estoy de acuerdo: la llegada de la televisión y después de la tecnología multimedia es absolutamente inevitable. Pero por el hecho de ser inevitable no debe aceptarse a ciegas. Una de las consecuencias imprevistas de la sociedad industrial ha sido la polución, la intoxicación del aire y del ambiente. Y la polución es algo inevitable que estarnos combatiendo. Del mismo modo, el desarrollo de la era nuclear trajo como consecuencia la bomba atómica que puede exterminamos a todos, y esto fue inevitable; a pesar de ello, numerosas personas están en contra de la producción de energía nuclear, y todos temen e intentan impedir el uso bélico del átomo y de la bomba de hidrógeno. El progreso tecnológico no se puede detener, pero no por ello se nos puede escapar de las manos, ni debemos darnos por vencidos negligentemente.

Una tercera respuesta —la verdaderamente seria— es que palabra e imagen no se contraponen. Contrariamente a cuanto vengo afirmando, entender mediante conceptos y entender a través de la vista se combinan en una «suma positiva», reforzándose o al menos integrándose el uno en el otro. Así pues, la tesis es que el hombre que lee y el hombre que ve, la cultura escrita y la cultura audio-visual, dan lugar a una síntesis armoniosa. A ello respondo que si fuera así, sería perfecto. La solución del problema debemos buscarla en alguna síntesis armónica. Aunque de momento los hechos desmienten, de modo palpable, que el hombre que lee y el horno videns se estén integrando en una suma positiva. La relación entre los dos —de hecho— es una «suma negativa» (como un juego en el cual pierden todos).

El dato de fondo es el siguiente: el hombre que lee está decayendo rápidamente, bien se trate del lector de libros como del lector de periódicos. En España como en Italia, un adulto de cada dos no lee ni siquiera un libro al año. En Estados Unidos, entre 1970 y 1993, los diarios perdieron casi una cuarta parte de sus lectores. Por más que se quiera afirmar que la culpa de este veloz descenso es la mala calidad o la equivocada adaptación de los periódicos a la competencia televisiva, esta explicación no es suficientemente aclaratoria.

Nos lo aclara más profundamente el hecho de constatar que si en Estados Unidos la sesión televisiva de los núcleos familiares ha crecido de las tres horas al día en 1954 a más de siete horas diarias en 1994, quiere decir que después del trabajo no queda tiempo para nada más. Siete horas de televisión, más nueve horas de trabajo (incluyendo los trayectos), más seis o siete horas para dormir, asearse y comer, suman veinticuatro horas: la jornada está completa.

Cuentas aparte, tenemos el hecho de que la imagen no da, por sí misma, casi ninguna inteligibilidad. La imagen debe ser explicada; y la explicación que se da de ella en la televisión es insuficiente. Si en un futuro existiera una televisión que explicara mejor (mucho mejor), entonces el discurso sobre una integración posítiva entre horno sapiens y horno videns se podrá reanudar. Pero por el momento, es verdad que no hay integración, sino sustracción y que, por tanto, el acto de ver está atrofiando la capacidad de entender.

Una cuarta respuesta es que —aun admitiendo que el acto de ver empobrece el entendimiento— este empobrecimiento está ampliamente compensado por la difusión del mensaje televisivo y por su accesibilidad a la mayoría. Para los triunfalistas de los nuevos medios de comunicación el saber mediante conceptos es cutista, mientras que el saber por imágenes es democrático. Pero este elogio es impúdico y tramposo, como aclararé a continuación. Y ya he explicado que un progreso que es sólo cuantitativo y que comporta una regresión cualitativa no constituye un avance en la acepción positiva del término.

Por tanto, la conclusión vuelve a ser que un «conocimiento mediante imágenes» no es un saber en el sentido cognoscitivo del término y que, más que difundir el saber erosiona los contenidos del mismo.

Una última respuesta posible es aceptar que las críticas aquí formuladas son justas para la televisión, pero que no lo son para el naciente mundo multimedial.
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*Giovanni Sartori, Homo Videns La sociedad teledirigida, trad. Ana Díaz Soler, México, Taurus, 2000, p. 9-17.



Michel de Certeau | El estudio de la técnica -paralíticas de la metodología


Michel de Certeau | El estudio de la técnica -paralíticas de la metodología*
El uso, o el consumo





Muchos trabajos, a menudo sobresalientes, se ocupan de estudiar sea las representaciones, sea los comportamientos de una sociedad. Gracias al conocimiento de estos objetos sociales, parece posible y necesario identificar el uso que hacen de ellos grupos e individuos. Por ejemplo, el análisis de las imágenes difundidas por la televisión (representaciones) y del tiempo transcurrido en la inmovilidad frente al receptor (un comportamiento) debe completarse con el estudio de lo que el consumidor cultural "fabrica" durante estas horas y con estas imágenes. Ocurre lo mismo con lo que se refiere al uso del espacio urbano, los productos adquiridos en el supermercado, o los relatos y leyendas que distribuye el periódico.

La "fabricación" por descubrir es una producción, una poietica pero oculta, porque se disemina en las regiones definidas y ocupadas por los sistemas de "producción" (televisada, urbanística, comercial, etcétera) y porque la extensión cada vez más totalitaria de estos sistemas ya no deja a los "consumidores" un espacio donde identificar lo que hacen de los productos. A una producción racionalizada, tan expansionista como centralizada, ruidosa y espectacular, corresponde otra producción, calificada de "consumo": ésta es astuta, se encuentra dispersa pero se insinúa en todas partes, silenciosa y casi invisible, pues no se señala con productos propios sino en las numeras de emplear los productos impuestos por el orden económico dominante.

Desde hace mucho tiempo se ha estudiado, por ejemplo, cuál era el equívoco que minaba en el interior el "éxito" de los colonizadores españoles sobre las etnias indias: sumisos y hasta aquiescentes, a menudo estos indios hacían de las acciones rituales, de las representaciones o de las leyes que les eran impuestas algo diferente de lo que el conquistador creía obtener con ellas; las subvertían no mediante el rechazo o el cambio, sino mediante su manera de utilizarlas con fines y en función de referencias ajenas al sistema del cual no podían huir. Eran otros, en el interior mismo de la colonización que los  asimilaba "exteriormente"; su uso del orden dominante engañaba ese poder, porque no contaban con los medios para rechazarlo; se le escapaban sin separarse de eso. La fuerza de su diferencia se mantenía en los procedimientos de "consumo". 

En un menor grado, un equívoco semejante se insinúa en nuestras sociedades con el uso que los medios "populares" hacen de las culturas difundidas e impuestas por las "élites" productoras de lenguaje.

La presencia y la circulación de una representación (enseñada como el código de la promoción socioeconómica por predicadores, educadores o vulgarizadores) para nada indican lo que esa representación es para los usuarios. Hace falta analizar su manipulación por parte de los practicantes que no son sus fabricantes. Solamente entonces se puede apreciar la diferencia o la similitud entre la producción de la imagen y la producción secundaria que se esconde detrás de los procesos de su utilización.

Nuestra investigacíón se sitúa dentro de esta diferencia. Podría tener como marca teórica la construcción de frases propias con un vocabulario y una sintaxis recibidos. En lingüística, la "realización" no es la "competencia"; el acto de hablar (y todas las tácticas enunciativas que implica) no se reduce al conocimiento de la lengua. Al ubicarse en la perspectiva de la enunciación, propósito de este estudio, se privilegia el acto de hablar: opera en el campo de un sistema lingüístico; pone en juego una apropiación, o una reapropiación, de la lengua a través de los locutores; instaura un presente relativo a un momento y a un lugar; y plantea un contrato con el otro (el interlocutor) en una red de sitios y relaciones. Estas cuatro características del acto "enunciativo'' podrán reencontrarse en muchas otras prácticas (caminar, cocinar, etcétera). Una intención se indica al menos en este paralelo, que sólo vale parcialmente, según se verá. Ésta supone que, como los indios, los usuarios "trabajan" artesanalmente -con la economía cultural dominante y dentro de ella-las innumerables e infinitesimales metamorfosis de su autoridad para transformarla de acuerdo con sus intereses y sus reglas propias. De esta actividad de hormigas, hay que señalar los procedimientos, los apoyos, los efectos, las posibilidades.
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Michel de Certeau, La invención de lo cotidiano 1 Artes de hacer, trad. Alejandro Pescador, Universidad Iberoamericana, México, 2000, p. XLII.

[más Klee, menos Benjamin]